El tiempo y el espacio del taller de lectura plasmado para:



leer de diferentes maneras (por arriba, por abajo, entre líneas, a fondo, participando del texto, recreándolo),



dar cuenta de los procesos culturales en que surgen y son comprendidas o cuestionadas las obras literarias,



pensar (discutiendo, asombrándose, dejándose llevar por lo que los textos nos dicen -pero parece que no dijeran-),



y por sobre todas las cosas, y siempre, disfrutar de la buena literatura.








viernes, 10 de junio de 2011

Cerrando el ciclo de cuento norteamericano: Eudora Welty y Alice Munro


Eudora Welty nació en Jackson, Mississippi, el 13 de abril de 1909, y allí murió, a los noventa y dos años, el 22 de julio de 2001. Nunca se casó y pasó la mayor parte de su vida, hasta su muerte, en la casa natal que su padre había construido y en la que ella había crecido. Descrita por los que la conocieron como educadísima, encantadora, siempre amable y humilde, nadie consiguió, sin embargo, traspasar el atractivo exterior y conocer su intimidad. Procuró llevar una vida “resguardada”, como ella misma la definió en su escueta y delicada autobiografía, La palabra heredada. Pilar Marín, abre el prólogo a su edición de Las manzanas de oro (editorial Cátedra, 2003), con esta misma cita, que continua: “Una vida resguardada puede ser también una vida atrevida. Porque todo atrevimiento serio procede del interior”. Primera señal de aproximación a esta autora.
Segundo indicio. Su obra se encuentra enraizada totalmente en lo que se conoce como el Sur profundo de los Estados Unidos. Prácticamente todas sus novelas y cuentos se desarrollan en el Sur, especialmente en Mississippi, en el espacio narrativo-geográfico creado por ella, llamado Morgana. Aquí aparece este nuevo cronotopo, noción que acuñó el teórico de la literatura Mijail Bajtin en 1989 para referirse a las formas en que las novelas relatan el tiempo y el espacio, creando escenarios dialógicos en los que los sujetos interactúan de una forma particular.
«Las manzanas de oro» constituye en opinión de la crítica su mejor obra. Los relatos reunidos por la autora bajo ese título están ordenados en función del hilo narrativo, que nos cuenta la historia de los habitantes de una ciudad, las relaciones entre ellos, como si de una gran familia se tratara unida no por lazos de sangre, sino por una extensa red de conexiones. Morgana, la creación de un cronotopo,  territorio  donde reina la educación, las maneras corteses de la gente, aunque por debajo asome la frustración, la violencia y la hipocresía.


La diferencia entre el norte y el sur de EE.UU resulta hoy menos perceptible que durante la juventud de Eudora Welty. Entonces el ambiente sureño se presentaba en imágenes idílicas, pobladas de esclavos de color felices y caballeros de maneras refinadas, pero cuya utópica vida social ocultaba la auténtica realidad humana que Welty y Faulkner, entre otros, desvelarán utilizando diferentes registros narrativos y lingüísticos. 

Tercera señal. Sergio Pitol,  en El mago de Viena y de nuevo Hamlet, dice:
“Eudora Welty, una excepcional narradora del Sur de los Estados Unidos a quien admiro desde hace muchos años. La leo y releo con la mayor atención; en sus narraciones las cosas parecen muy sencillas, insignificancias de la vida cotidiana o momentos terribles que parecen insignificancias; sus personajes son excéntricos, y al mismo tiempo muy modestos como es todo el entorno. Uno podría pensar que estarían desesperados en el minúsculo mundo que habitan, pero es posible que ni siquiera hayan reparado en la existencia de ese mundo. Son auténticamente “raros”. Provincianos, sí, pero excéntricos de pura raza. Otra notable escritora del Sur, Katherine Ann Porter, señaló en alguna ocasión que los personajes de Eudora Welty eran figuras encantadas que para bien o para mal están rodeadas de un aura de magia. Pero en sus páginas esos pequeños monstruos humanos no aparecen en absoluto como caricaturas sino que están retratados con naturalidad y dignidad.

He comentado en varias ocasiones con amigos escritores las virtudes de esta dama; la conocen poco, no les interesa; dicen haber leído algún que otro cuento suyo del que recuerdan poco. Están en lo cierto cuando de inmediato, como a la defensiva, afirman que carece de la grandeza de William Faulkner, su célebre coterráneo y contemporáneo, cuyas tramas y lenguaje han sido parangonados tantas veces con las historias y el lenguaje de la Biblia. Los libros de la señorita Welty están muy lejos de ser eso, es más, son su revés: un desfile de presencias diminutas, paródicas, trágicogrotescas, que se mueven como marionetas trepidantes en algún pueblo o pequeña ciudad de Mississipi, de Georgia o de Alabama durante los años treinta o cuarenta de este siglo”.

Y, para ser más específicos, respecto de  la comparación inevitable con Faulkner,  Eudora (junto a otras escritoras como Carson McCullers, Katherine Anne Porter y, más tarde, Flannery O’Connor),   fue fiel a la tradición faulkneriana de “enfermedad, muerte, derrota, mutilación, idiotez y lujuria”,  con el plus de haber creado “el reverso femenino de Yoknapatawpha, porque con ella se puede  descubrir qué hacen las mujeres del Sur (de ese lugar literario conocido como El Sur) mientras los hombres cazan osos, pierden sus haciendas o se matan unos a otros”, como sostienen en El lamento de Portnoy.


“La llave” y “¿De dónde viene la voz?”. 

“La llave” es el logro y el fracaso de la comunicación. Se trata de un cuento sin voces audibles dentro de la ficción, -ya que sus personajes son sordomudos-, en el cual vemos a un personaje descubrir el misterio de otros. Al tratarse de un relato sin sonido, Welty, la observadora, la amante del detalle, aparece con toda su fuerza.
Por oposición, “¿De dónde viene la voz?” es la creación de un personaje únicamente a través de su voz; no hay espacios ni tiempos definidos, aunque la voz misma esté impregnada del espacio y del momento de donde brota. La voz es la que crea el suspenso que lleva a la intensidad final.
La misma Eudora Welty, en Los comienzos de un escritor, cuenta la génesis de este cuento:
"Hay una historia que la rabia encendió ciertamente. En los años sesenta, en mi ciudad natal, al líder social y activista civil Medgars Evers lo asesinaron al amparo de la noche, yo escribí una historia ,apenas me enteré de la noticia, sobre el asesino, titulada : " ¿De dónde viene esa voz?". Todo esto me produjo ira y frustración, al tener que sentir la necesidad de entrar en la mente del criminal y sentir la piel de una persona, la cual solo sentía repulsión y asco por ella. Probando mis límites, la escribí en primera persona....siempre es un reto, escribir desde la piel de otra persona, para los escritores de ficción, siempre es el primer paso, así como el último."


Finalizando el ciclo de Cuento norteamericano II:
Cerramos el círculo con Alice Munro. “Las lunas de Júpiter”: ser o no ser un satélite de los otros.

Esta escritora  canadiense, probablemente la mejor narradora contemporánea de América del Norte, se ha declarado admiradora confesa de Eudora Welty.
Según contaba en una entrevista, la autora nacida en Toronto en 1931, pretendía escribir novelas, pero siempre había algo incidental en su vida que la interrumpía, y poco a poco, eso la llevó a convertirse en una auténtica maestra del relato. Sus historias tienen la melancolía americana de Carson McCullers, Eudora Welty, Raymond Carver e incluso Richard Ford, pero también la profundidad de los mejores cuentos de Chéjov.
  Los cuentos de Las lunas de Júpiter indagan en la vida de mujeres atrapadas en la rutina, invisibles, abnegadas y aparentemente conformadas con ser un mero satélite del marido o el padre enfermo al que cuidan, pero esperando, siempre, encontrar un instante de pasión, por breve que sea, que devuelva un poco de brillo a su existencia.  
  En Tertulia Porvenir XXI reseñan que el modo de narrar de Munro exige una actitud lectora especial, apreciativa de los detalles y de la sutileza más que de las grandes explosiones narrativas o los giros sorprendentes. En sus relatos no pasa casi nada, lo que hay son tensiones, sentimientos, decepciones, muchas veces más sugeridos que analizados. Se podría decir que son relatos chejovianos, aunque con menos dramatismo o teatralidad.

Su principal arma para transmitir la consternación frente a la densidad de lo que pasa es una adjetivación certera, y el uso reiterado y al mismo tiempo sutil de adverbios. Con eso logra abarcar sugerentemente el punto de vista o la particular perspectiva de las mujeres.

Con este material damos por terminado este ciclo, y nos preparamos para el próximo del taller: Cuento argentino.


domingo, 5 de junio de 2011

"Podemos recordarlo todo por Usted": Las tres versiones de una vida


Apuntes sobre la estrategia narrativa:

En este cuento de Philip Dick se fractura el universo ficcional del texto, mediante episodios o insinuaciones supuestas contrarias a las originales de la historia, que se desarrollan sin reconocer la contradicción, resultando en una perspectiva de la trama (desarrollo, selección y orientación de los acontecimientos) distinta de las del mismo narrador, quien continúa con su discurso sin reconocer las fisuras que se abren en él. Ahí se produce un efecto de quiebre, que comentábamos en la clase de la semana pasada.

Entre el injerto de recuerdos falsos, el descubrimiento de que en realidad son reales, y la propuesta del borrado definitivo de recuerdos comprometedores (con el fin del “amansamiento” del protagonista), y todo  a cambio de la satisfacción grotesca y megalómana de una fantasía de la infancia de Quail, (que también resulta real), todo ello termina dando tres versiones diferentes de la vida del protagonista. De empleado de poca jerarquía a agente secreto del gobierno  y asesino entrenado. Versiones que chocan y se enfrentan pero no se interponen entre sí.

Hace unos cuarenta años, TzvetanTodorov, el reconocido teórico búlgaro,  describió el mundo de los mejores relatos de la  ciencia ficción como “el proceso que nos permite ver qué cercanos están esos elementos maravillosos y cómo forman parte de nuestras vidas”.  
Pero en Dick el lector no encuentra en esa cercanía  una constatación de las certidumbres cotidianas, y en cambio, se enfrenta con situaciones límite: probar la solidez de la visión del mundo. Como escribe Meva Aise Akgiray (2004), cuando Dick quiebra la linealidad de la historia aparece una bifurcación hacia diferentes planos, en términos de Borges, que nos muestra diferentes visiones, perspectivas e ideologías.

Aunque el mundo ficcional de Dick está desde el principio dentro de lo que Todorov llama “lo maravilloso impuro”, de otro mundo diferenciado de la realidad cotidiana, el planteamiento dickeano parece otro guiño a los postulados de este teóricos francés, (aunque no existen pruebas de que lo haya leído): el de la ambigüedad fantástica, según el cual el efecto estético por el que la realidad del lector está siendo cuestionada, tiene lugar debido a una vacilación provocada por el texto entre dos opciones de realidad, dos explicaciones de los hechos narrados.

Fuente consultada: Alberto Chimal: El vengador del pasado. También autor de El hombre en las dos puertas (2002), reunión de cuentos en homenaje a Philip K. Dick.

sábado, 28 de mayo de 2011

Philip K. Dick y la exploración de la realidad.



“Hay gente que opina que la ciencia ficción ha decaído porque “el futuro la alcanzó”, ya que ahora hay cohetes espaciales. Dick no opinaba lo mismo. En una carta de 1981 explica que la ciencia ficción no está constituida por aventuras espaciales, sino por otro ingrediente esencial: “La nueva idea diferenciadora”. De esa manera, el futuro se convierte en un sitio más, porque las nuevas ideas pueden estar insertas en el presente o en “mundos alternos”. Para él había una “desfiguración” de la realidad, que debía ser “conceptual, no trivial o extravagante”. El resultado, literariamente hablando, operaba a dos puntas: “La ciencia ficción es creativa e inspira creatividad, lo que no sucede, por lo común, en la narrativa en general”.
Así nos cuenta el escritor y periodista Elvio Gandolfo, en una nota publicada por el diario Perfil, en 2007, el por qué de la vigencia de este género y de especialmente, este autor.

Comencemos por la ciencia ficción.
Es uno de los géneros derivados de la literatura de ficción, junto con la literatura fantástica y la narrativa de terror. Nacida como subgénero literario distinguido en la década de 1920 (aunque hay obras reconocibles muy anteriores, como Frankestein, de Mary Shelley), y exportada posteriormente a otros medios, como el cinematográfico, historietístico y televisivo, gozó de un gran auge en la segunda mitad del siglo XX debido al interés popular acerca del futuro que despertó el espectacular avance tanto científico como tecnológico alcanzado durante esos años. En los años 50, durante la llamada Edad de Plata del género, aparecieron varios autores excepcionales , como Orwell con su 1984, Ray Bradbury, Frederik Pohl , Sturgeon, Isaac Asimov, y Philip K. Dick con Lotería solar o El hombre en el castillo. Para el punto de vista  académico es la Edad de Oro, y la continúan unos quince años más.
El Cyberpunk. En la década de 1980 las computadoras y la aparición de las primeras redes informáticas globales dispararon la imaginación de jóvenes autores, convencidos de que producirían profundas transformaciones en la sociedad. Este movimiento fue llamado cyberpunk, un término que aglutinaba una visión pesimista y desencantada de un futuro dominado por la tecnología y el capitalismo salvaje con un ideario "punk" rebelde y subversivo, frecuentemente anarquista.
 El Postcyberpunk. A principios de la década de los 90s del siglo XX ocurrió un cambio significativo en la literatura de ciencia ficción. Autores antes plenamente cyberpunk o que nunca habían pertenecido a esa corriente, comenzaron a rechazar explícitamente los clichés de dicho género, y de paso, a considerar a la tecnología con una visión más positiva, casi al mismo tiempo que se daba la acelerada introducción de las computadoras e Internet en la vida cotidiana. 
Es mucho más frecuente que los protagonistas sean integrantes respetables de sus comunidades: científicos, militares, policías e incluso políticos. Aun en el caso de personajes más marginales, su interés suele residir en mantener o mejorar el statu quo, no en destruirlo tal y como era lo típico en el cyberpunk; y cuando no lo hacen, suelen ser los antagonistas.
Subgéneros contemporáneos
El Steampunk, o ciencia ficción centrada en la presencia anacrónica de ciertas tecnologías avanzadas. El Biopunk, donde la ficción se centra en el impacto de grandes avances de la biotecnología. Pudiendo situarse tanto en el futuro, presente o en un pasado anacrónico; el Retrofuturismo, y seguramente irán surgiendo muchos más.

La narrativa de Philip K. Dick.
 El periodista y ensayista Pablo Capanna, (italiano radicado en Argentina desde su infancia), escribió un libro fundamental para entender a nuestro autor: Idios Kosmos. Claves para Philip K. Dick.   Parte  desde cómo este autor llega a gestar toda su obra, con la muerte de su hermana gemela al nacer (lo afectó profundamente, tanto en su obra como en sus relaciones y en todos los aspectos de su vida, dando lugar al leitmotiv del "gemelo fantasma" en muchos de sus libros); la relación con su madre; la influencia de las mujeres con las que  se relacionó durante su vida y quienes marcaron profundamente su existencia; su eterna falta de concierto con los conceptos religiosos preestablecidos y filosóficos que lo llevaron a crear sus propios esquemas filosóficos y espirituales y, por supuesto, su adicción a las drogas y el desequilibrio mental que sufría. Capanna no sólo explica cuatro períodos en la vida de Philip K Dick (la fase p,olítica; el período metafísico y la fase mesiánica) sino que va mucho más allá y hace un análisis profundo ofreciéndonos cuantiosos datos para entender al autor y su obra.
Dick (1928-1982), obtuvo poco reconocimiento antes de su muerte. Tras ésta, sin embargo, la adaptación al cine de varias de sus novelas le dio a conocer al gran público. Su obra es hoy una de las más populares de la ciencia ficción y se ha ganado el reconocimiento del público y el respeto de la crítica. Gran parte de sus muchas historias cortas y obras menores fueron publicadas por revistas pulp, publicaciones que deben su nombre a la pulpa de celulosa con que es fabricado el papel, barato y de mala calidad, y que por ende se utiliza en revistas de muy bajo costo.

Temas
Las obras de Philip K. Dick se caracterizan por la exploración de la realidad y su naturaleza  enigmática, y creando ambientes postmodernos y decadentes, adelantándose al subgénero cyberpunk. A menudo, los protagonistas descubren que sus seres queridos (o incluso ellos mismos) son sin saberlo robots, alienígenas, seres sobrenaturales, espías sometidos a lavados de cerebro, alucinaciones, o cualquier combinación de éstos; este rasgo de la obra dickiana refleja la obsesión del autor acerca de la frágil naturaleza que él consideraba que caracteriza la realidad perceptible. La vida diaria es una ilusión construida por poderosas entidades (como por ejemplo en Ubik), por grandes conspiraciones políticas, o simplemente por las peripecias de un narrador no creíble.
Dick situó la acción de varias de sus novelas en el mundo anómico de California del Norte. Su aclamada novela El hombre en el castillo (1962, ganadora del Premio Hugo, dedicado exclusivamente a obras de ciencia ficción) es una obra pionera que mezcla los géneros de la ciencia ficción y la historia alternativa.
Como indica Ursula K. Le Guin: "No hay héroes en los libros de Dick, pero hay actos heroicos. Uno se acuerda de Dickens: lo que cuenta es la honradez, constancia, amabilidad y paciencia de la gente ordinaria".
Fue  fuertemente influido por los escritos de Carl Gustav Jung, y su  psicología analítica: opinaba que las experiencias místicas podían estar basadas en una realidad subyacente. Los modelos y construcciones jungianas que más afectaron a Dick parecen ser los arquetipos de lo inconsciente colectivo, las proyecciones y alucinaciones colectivas, las experiencias de sincronicidad y su teoría de la personalidad. Muchos de los protagonistas de las obras de Dick analizan la realidad y sus propias percepciones en términos jungianos. Otras veces, el tema se refiere a Jung tan claramente que la conexión resulta obvia. La Exégesis de Dick también contiene muchas notas relación con la teología y el misticismo.


Se relacionó con la contracultura anterior a los 60 de California y simpatizaba con los poetas beat y las ideas de izquierda. Se opuso a la Guerra de Vietnam, por lo que el FBI le abrió expediente. Siempre estuvo apremiado por problemas económicos, por lo que tenía que escribir a un ritmo vertiginoso para lograr publicar en cualquier tipo de revistas.

Sus visiones y problemas psicológicos
A la edad aproximada de 13 años, Dick tuvo un sueño recurrente durante varias semanas. Soñaba que estaba en una librería, tratando de encontrar un número de la revista Astounding Magazine, el cual se suponía que contenía la historia El Imperio nunca cayó, la cual le revelaría los secretos del universo,  pero nunca llegó a encontrar la última revista. Finalmente, Dick llegó a tener miedo de que llegar a descubrirla lo volviese loco. Estos sueños cesaron enseguida, pero la frase El Imperio nunca cayó habría de aparecer más tarde en su obra.
El 2 de febrero de 1974 (fecha sobre la que escribiría con frecuencia, cambiándola luego por alguna razón al 3 de febrero) se recuperaba de los efectos del pentotal sódico administrado durante la extracción de una muela del juicio rota. Al abrir la puerta para recibir un nuevo envío de analgésicos, advirtió que la mujer que le traía el paquete llevaba un colgante con lo que él llamó la "vesícula Piscis", (dos símbolos relacionados: el Ichthys -dos arcos en intersección representando el perfil de un pez- que los primeros cristianos usaban como símbolo secreto), y la vesica piscis. Al quedarse solo, comenzó a sufrir extrañas visiones. Aunque éstas podrían en principio atribuirse a los analgésicos, se prolongaron durante varias semanas, lo que vuelve tal explicación poco plausible.
Durante febrero y marzo de 1974 experimentó una serie de visiones, a las cuales se referiría como "tres-dos-setenta y cuatro" (3 de febrero de 1974). A medida que las visiones crecían en duración y frecuencia, Dick proclamó que había comenzado a vivir una doble vida: una como él mismo y otra como Tomás, un cristiano perseguido por los romanos en el siglo I d. C. A pesar de que había consumido drogas y seguía haciéndolo, Dick aceptó estas visiones como reales, buscando otras explicaciones racionales y religiosas, creyendo que había establecido contacto con una entidad divina de algún tipo, a la que se refería como Cebra, Dios, o más frecuentemente SIVAINVI (acrónimo de SIstema de VAsta INteligencia VIva (en inglés VALIS: Vast Active Living Intelligence System). Dick usó este término como título para una de sus novelas, de carácter semiautobiográfico; posteriormente teorizó que era un satélite de algún tipo que usaba rayos para comunicarse con la gente de la Tierra, y  que dicho ente usaba lo que él denominó un "estímulo desinhibidor" para predisponer a los sujetos a la comunicación, en su caso la vesícula Piscis.
El propio Dick especulaba con la posibilidad de sufrir esquizofrenia. Experimentara o no realmente algún tipo de comunicación divina, Dick fue incapaz de explicar racionalmente los hechos. Durante el resto de su vida, luchó por comprender mejor lo que le estaba ocurriendo, cuestionando su propia cordura y su percepción de la realidad.
Como dijimos,  experimentó con drogas psicoactivas, aunque siempre negó que hubieran influido en su obra. No obstante, el consumo de drogas fue tema importante en muchos de sus trabajos, como Una mirada a la oscuridad y Los tres estigmas de Palmer Eldritch.

Estilo.
Álex Vidal, en una excelente reseña aparecida en Bibliópolis, nos dice:
“Philip K. Dick desistió, aparentemente, de verter sus inquietudes trascendentes en novelas de realismo sucio tras el premio Hugo que cosechó El hombre en el castillo: no por dedicarse en exclusiva a la ciencia-ficción dejó definitivamente las ideas que le rondaban, tanto por la cabeza como por su vida; más bien al contrario, había descubierto en la ciencia-ficción un terreno ideal para metaforizarlas. Preocupaciones de carácter filosófico, en ocasiones ingenuas, otras veces inquietantes, revestidas de la ciencia-ficción, y que sacan la filosofía  a la calle,  y va logrando una audiencia receptiva, aunque también perpleja.

Estructura habitual de los cuentos 
  1. parte de la presentación del personaje, un hombre común, un antihéroe, descrito en en apenas unas líneas de diálogo rutinario,
  2. encara la ruptura de su cotidianidad,
  3. el antihéroe se ve abocado a un conflicto que lo impulsará a actuar sin rumbo en pos de un objetivo que apenas atisba,
  4. un final en el que la situación se haya remendado, pero que, tras la revelación de la "realidad subyacente" a la situación habitual (en forma de impostura, de robot, de revelación tras la primera apariencia) no volverá a ser la misma.
  5. Algunos cuentos acaban con una aniquilación física, aunque la muerte no sea el final en sí, sino el punto superior en la rueda cíclica de los acontecimientos.

Esta estructura apenas varía, casi es calcada de un cuento a otro: Dick estaba embarcado en un ritmo frenético de producción, acuciado por sus necesidades económicas. A pesar de la frescura y la originalidad de la propuesta, pequeñas joyas conviven con cuentos marcados por incoherencias argumentales, descuidos formales y estilo laxo, además de la repetición esquemática antes señalada.
Entonces, si el estilo no es el "valor añadido" de su narrativa corta, es que hay una potencia evocativa bajo la ficción, que deja al lector el esfuerzo de descifrar el contenido. La irrupción de un mundo revelado en el universo "ordenado" en el que los personajes vivían tranquilos nos conduce a las ideas sobre la naturaleza de la realidad y la posibilidad de aprehenderla, inquietud esta procedente de su formación autodidacta en la filosofía que resuena con los ecos de la caverna de Platón, pero tamizada por la literalidad con la que plasmaba los conceptos abstractos, consecuencia en parte de sus peculiaridades psiquiátricas.
Dick usa los arquetipos de la ciencia-ficción como herramientas para simbolizar los diferentes aspectos de la apariencia y la cognición:
·        los simulacros,
·        los androides, los falsos humanos que amenazan con someter al ser humano a sus designios,
·        los extraterrestres suprahumanos, casi divinos.

El conflicto principal, o el más destacable, parte de la dificultad de distinguir lo que es humano de lo que no lo es, y la meta es lograr discernirlo, pues frecuentemente el engaño tiene como objetivo acabar con lo que nos define como humanos (en ocasiones una eliminación física, como en "Colonia"; en otras ocasiones, quizá las más terroríficas, sustituyendo la bondad, la empatía, como "La segunda variedad" o "El padre cosa") para obtener sus objetivos.
Nos reímos con su fino y cáustico sentido del humor ante la descripción de los patanes e ineptos que dirigen el mundo, nos implicamos y nos embarramos con los obstáculos trascendentales que, sospechaba Dick, velaban la realidad y nos convencemos, -tal era la preocupación principal que se articula como eje fundamental del corpus dickiano- de que no estamos en realidad aislados en nuestra cárcel de carne y huesos sino que, a través de la empatía, de esa empatía que nos brinda la puerta a su (nuestro) mundo, formamos parte de una comunidad.
No es literatura de ideas, sino un humanismo radical que enfrenta al hombre con su naturaleza más íntima, que busca liberarse de imposturas, divinas y humanas, en pos de un hombre nuevo, racional.

Podemos recordarlo todo por usted
El relato breve que trabajaremos en el taller es la base de la película Total Recall, aquí El vengador del futuro, en 1990, con Arnold Schwarzenegger -por entonces un ícono de las  películas de acción-,  como Quail.
El relato de Dick se centra más en la controversia que se le presenta al personaje al descubrir que le han sido implantados recuerdos que sustituyen su pasado, recuerdos que una vez recuperados le ponen en peligro. Dick busca como siempre la paradoja, la incertidumbre, la ambigüedad para redondear su relato (perfecto en su sencillez, opinaron en El lamento de Portnoy).
Llevó hasta la obsesión el tema de la falta de veracidad comprobable de la realidad, la subjetividad de ésta y la imposibilidad de comunicar nuestras sensaciones sin sospechar de la improbabilidad o de la consistencia de los Otros.
Representa un clásico enmarañado acerca de la realidad, la falsa memoria y la memoria real.

Douglas Quail, un hombre simple y ordinario, desea visitar Marte. Incapaz de permitírselo, visita una empresa, Rekall, Inc., que ofrece memorias implantadas. La tentativa de implantar algunos recuerdos marcianos vivos en Quail como un agente secreto, revela que es en realidad un agente encubierto del gobierno, al que le fueron manipulados sus recuerdos debido a lo peligroso de los secretos que conocía.
El personal de Rekall consigue deshacerse de Quail rápidamente, mientras que el gobierno lo busca para acabar con él, pero al final consiguen hacer un trato: implantarán a Quail un recuerdo que deseaba desde su infancia, en el que se convierte en un héroe para la humanidad, por lo que se dirige de nuevo a Rekall para el proceso de implantación de recuerdos, que sorpresivamente ha de volver a ser suspendido cuando descubran que este antiguo recuerdo no es un anhelo, sino otro recuerdo suprimido.

Cuántos ecos ese tema, incluso borgeanos: circula algo de Las ruinas circulares, y que valga la redundancia.

domingo, 22 de mayo de 2011

Roth: apostillas.


Philip Roth ganó esta semana el premio Man Booker International, en el momento preciso en que lo estamos recreando en El Cronotopo. Casi una especie de confusión metanarrativa entre el mundo real y el del taller, con esos cruces entre la ficción y los contextos y escenarios de la realidad.

A propósito de Roth, algunas consideraciones sobre su lectura.

El desarrollo argumental de sus novelas se ancla en un episodio histórico (macarthismo, la guerra de Corea, la política americana de los años noventa, y sigue…)
Combina con enorme destreza lo que se entiende como las líneas narrativas más fuertes en Roth:
  • su preocupación ya conocida por la situación estadounidense, fuertemente desarrollada en títulos como Me casé con un comunista, que bucea los años del macartismo mencionado, o La mancha humana , en la que se aborda la política americana de los años noventa.
  • desarrolla escenarios propios (tanto en tiempo como en espacio, muchas  novelas se corresponden con su infancia: Roth nació en 1933 y creció en Newark), al estilo de lo que sucede en su producción de tinte más autorreferencial y de la que son paradigmáticos los libros aparecidos entre 1979 y 1986 bajo la firma de su alter ego Nathan Zuckerman, y otros bastante posteriores, como Patrimonio , donde se cuenta descarnadamente la muerte de su padre.
  • El uso de situaciones sociales  como metáforas.
James Wood, el controvertido crítico literario de la revista The New Yorker, dice que lo que comparten los autores del posmodernismo es que son “metafísicamente graves y formalmente lúdicos, pero lingüística y filosóficamente sólidos”. Él se refiere a escritores como Beckett, José Saramago, Philip Roth, WG Sebald, Thomas Bernhard, Julio Cortázar, Lydia Davis…

Y es en ese punto que nos resuena, en parte, (y sólo en parte, de acuerdo), una relación entre Roth y Saramago. Ambos son metafísicamente graves, reflexionan a través de la escritura sobre la condición humana, nos remiten a las profundidades de la existencia, cada uno en su estilo y con sus propios rasgos.
Saramago ha desarrollado historias que son una especie de alegoría sobre el ser humano, y su distintivo ha sido:
  • la ruptura normativa (su puntuación, su forma de incluir los diálogos dentro de la narración, y otros detalles),  
  • la deshumanización de los personajes, (en la mayoría de sus novelas, con sólo algunas excepciones), que muchas veces se reducen a arquetipos carentes de carnadura, ya que son simples vehículos de una idea de su autor.
El caso de Roth es absolutamente diferente en cuanto a estilo: sus personajes tienen esa cualidad que los humaniza,  (sienten, se desvelan, se desesperan, se contradicen). No hay ruptura normativa pero sí rasgos distintivos como esas largas oraciones introductorias en que nos sitúa en el marco de tiempo y espacio, con su inconfundible postura ante los hechos.
Sin embargo,  y a su manera, ambos autores utilizan un hecho social (por ejemplo: una epidemia,   en el caso de Ensayo sobre la ceguera de Saramago, y de polio en el caso de Némesis, de Roth) como metáfora de la condición mortal del ser humano y de la debilidad de sus instituciones.  Cada uno la desarrolla con un poder expresivo propio, con una agudeza intelectual específica.
Y de nuevo queda flotando la idea de esos cruces que se dan  entre literatura y realidad, y que nos hacen pensar en las coincidencias vistas desde el propio cristal con que cada uno elabora su manera de percibir.

sábado, 14 de mayo de 2011

Philip Roth: Indignación


Se empezó a hablar de la literatura del «renacimiento judío» como fenómeno sociológico y racial, cuando se advirtió que se perfilaba  un nuevo sentido en la posguerra: un modo más franco y experimental, a la hora de hacer compatibles los recuerdos del holocausto con un nuevo arraigo en una sociedad abierta, una clasificación contra la que se pronunciarían algunos escritores como Bellow. Como siempre, son los críticos y los profesores de literatura los que agrupado a  autores muy diferentes entre sí, atendiendo sólo a su origen étnico, lo que, en cierto modo, es como encerrarlos en un gueto literario.
En el caso de Philip Roth, quien ha sido llamado moralista judío y lo contrario, romántico y realista, polemista, satírico, antisemita...; ha sido aplaudido por mantener una visión social precisa y crítica, aunque también de ofrecer una perspectiva vital meramente personal.

En la revista cultural Letras Libres, Juan Gabriel Vásquez nos ofrece su análisis:

“Indignación. Aquí está la trama: un judío inteligente, de temperamento más bien rebelde, decide escapar un día del protegido ambiente de su universo judío. Allá fuera, en el mundo de los gentiles, se topa de frente con una shiksa tan seductora como problemática, una mujer con experiencias de las que el judío carece y con traumas ídem. Mientras resuelve los problemas (sociales, sexuales, morales) que le plantea esa relación, debe enfrentarse a los problemas (morales, sociales, políticos) que le plantea el mundo real. ¿Suena a conocido? Sí: es el cuento que da título a Goodbye Columbus. Sí, sí: es El lamento de Portnoy. Es Mi vida como hombre, es La visita al maestro, es La contravida. Y es Indignación.

Pero Roth, que no deja nunca de ser Roth, es incapaz de escribir un libro en que no tome riesgos de vida o muerte, en que no camine, por lo menos durante algunas páginas, al borde del abismo. Y es así cómo, en medio de esa racha de intensas reflexiones sobre la vejez y la decadencia que nos ha entregado de unos años para acá –basta pensar en El animal moribundo, en Elegía, en Sale el espectro–, ahora Roth se sitúa en el extremo opuesto de la cronología: Marcus Messner, narrador de Indignación, es un joven que apenas tiene diecinueve años, que apenas comienza a descubrir el mundo, un joven del que se podría decir que tiene toda la vida por delante si esa vida, según nos enteramos pronto, no hubiera terminado ya. Porque Marcus Messner está casi muerto cuando comienza la historia, y nos la narra desde la inconsciencia de la morfina. Ya no hay esfuerzo médico que pueda rescatar su cuerpo, pero su cerebro sigue funcionando. Él, claro, cree que está en el más allá:

¿Será este el fin de la eternidad, rumiar una y otra vez sobre las nimiedades de toda una vida? ¿Quién podría haber imaginado que uno tendría que recordar constantemente cada momento de la vida hasta en su más minúsculo componente? ¿O acaso este más allá sea tan sólo el mío y, de la misma manera que cada vida es única, así también lo es la otra vida, cada una de ellas una huella dactilar imperecedera de un más allá distinto del de cualquier otro?

 En Indignación, el infierno es recordar. Y a eso, comprendemos, se dedica el joven Messner: las casi doscientas páginas de la novela son, entre otras cosas, el intento del pobre muerto por identificar la causalidad que lo puso donde ahora se encuentra, por recorrer el hilo de Ariadna y ver en qué momento pudo haberse reventado. La primera frase tiene la marca de fábrica de Roth: inusualmente largas, las aperturas de Roth suelen comenzar con una referencia cronológica para luego acercar el microscopio al narrador y a su momento personal.
Así sucede en Indignación: “El 25 de junio de 1950, unos dos meses y medio después de que las bien adiestradas divisiones de Corea del Norte, armadas por los soviéticos y los chinos comunistas, penetraran en Corea del Sur cruzando el paralelo 38 y se iniciaran los sufrimientos de la guerra de Corea, ingresé en Robert Treat, una pequeña universidad en el centro de Newark bautizada en honor al fundador de la ciudad en el siglo XVII”. 
A partir de esa mención de lo que ocurría en el otro lado del mundo –que tiene el aspecto casual de las cosas que luego serán todo menos casuales–, Marcus Messner hace un recuento de su vida de este lado. Los estudios en Robert Treat; el trabajo en el negocio de la familia, una carnicería que le permite a Roth algunas de las mejores páginas de la novela (pero es que Roth siempre ha sido maestro en el arte de describir un oficio: piénsese en la fábrica de guantes de Pastoral americana); y, sobre todo, las tensiones domésticas. Pues el padre de Marcus ha dejado de confiar en Marcus; ha dejado de confiar, por lo menos, en su capacidad para alejarse del daño. “Es que, en la vida, el mínimo paso en falso puede tener trágicas consecuencias”, dice el viejo Messner. Y de ahí en adelante, la novela se dedica a justificar sus peores paranoias.

Ahora bien: lo que hace que esta novela sea una gran novela, y lo que hace que sea un libro nuevo en la bibliografía de Roth, es el método que se usa para llevar a Marcus del padre sobreprotector a la muerte en Corea. Para alejarse del padre, Marcus se traslada a la universidad de Winesburg, en Ohio. Winesburg, Ohio es, por supuesto, uno de los libros de cuentos que fundaron la tradición norteamericana. La población ficticia de Sherwood Anderson da entonces nombre a la universidad ficticia de Roth: dos universos, cada uno a su manera, profundamente enraizados en lo típicamente norteamericano, eso que siempre le ha servido a Roth como muro contra el cual estrellar a sus personajes. Y Marcus se estrella: una serie de decisiones/reacciones inconexas y en apariencia banales, como pedir cambio de habitación por no entenderse con sus compañeros, o como lanzarse a un discurso contra la religión directamente sacado de Bertrand Russell, lo enemistan con el decano; y su relación con Olivia Hutton, la mujer-problema con antecedentes suicidas, acaba complicando aún más las cosas.

Al final, cada esfuerzo que el joven Messner había hecho, siempre con la esperanza de que unos buenos resultados académicos le evitaran el reclutamiento, resulta tejiendo a su alrededor una especie de trampa. Ya no serán los grandes acontecimientos –el radicalismo de los sesenta, el macartismo– lo que invade y arruina las vidas de los personajes: ahora se trata de una conspiración (casi) involuntaria del mundo de los otros. Messner, como tantos personajes de Roth, es una víctima de fuerzas que no controla; pero esta vez no son las grandes fuerzas de la historia, sino las pequeñas: los pequeños puritanismos, las pequeñas intolerancias, los pequeños fanatismos, las pequeñas hipocresías. Indignación es lo que habría pasado si El extranjero de Camus hubiera nacido en Estados Unidos y su historia la hubiera contado Kafka: el Kafka, digamos, de Amérika, esa novela sobre un joven de diecisiete años que se ve expulsado de su hogar por un escándalo moral y acaba descubriendo que su destino está controlado por autoridades que no puede ver. ¿Suena a conocido? ”

sábado, 30 de abril de 2011

John Updike


John Hoyer Updike (18 de marzo de 1932, Reading, Pensilvania - 27 de enero de 2009, Beverly Farms, Massachusetts) fue un importante escritor estadounidense, autor de novelas, relatos cortos, poesías, ensayos y críticas literarias, así como de un libro de memorias personales.
En su estilo como narrador es habitual un preciso Realismo naturalista, tal como puede observarse con claridad en el inicio de Corre, Conejo donde discurre con absoluto rigor describiendo, con intricados detalles técnicos, las fintas habituales del baloncesto callejero, su deporte favorito. Es habitual en su redacción enfocar con verismo y cuidado detalle las interrelaciones personales entre amigos, parejas casadas o affairs extramaritales de infidelidad. Parejas y la tetralogía sobre Conejo, abordan este cúmulo de estilos en particular. En sus relatos sobre Harry Conejo Angstrom, la cambiante sociedad, la política y economía de Norteamérica sirven de trasfondo al relato del matrimonio Angstrom y actúan ocasionalmente como fuentes para hacer comentarios relevantes sobre dichos temas.
Con una afamada versatilidad expresiva, es habitual también en el estilo de Updike encontrar un hondo, finísimo y culto lirismo que en ocasiones bebe de poemas y de fuentes clásicas grecorromanas.

En una nota aparecida en Página 12, con motivo de su muerte, decía Rodrigo Fresán:

“Nacido en Reading, Pennsylvania, en 1932 (me pregunto si habrá algo mejor para un escritor que nacer en un lugar llamado Reading... ¿Existirá una ciudad de provincias llamada Writing?) John Hoyer Updike, hijo único, se crió en una familia protestante y asumió ese paisaje como el que definiría a buena parte de sus ficciones. Y ahí están y de ahí salen la veladamente autobiográfica El centauro (1963, una de las mejores novelas de padre/hijo jamás escritas) y En torno de la granja (1965). De allí partiría Updike para conquistar la gran ciudad, soñar con convertirse en dibujante y trabajar para la Disney.

Pero pronto acabó reportando “the talk of the town” para The New Yorker y publicando los primeros textos que, enseguida, dejarían atrás una inicial placidez epifánica y salingeriana (ver y admirar la recopilación del 2003 The Early Stories: 1953-1975 donde se destacan las historias que transcurren en el imaginario pueblo de Olinger y las idas y vueltas del matrimonio de los Maple), para asumir las adúlteras tormentas sexuales de la “Era del Divorcio” en escandalosos best-sellers de calidad todavía hoy muy bien conservados como “Parejas” (1968) o “Cásate conmigo” (1976), ser acusado de misógino por su retrato tan lírico como despiadado de las mujeres, racista por su visión de los negros y poco comprometido por su elegante conservadurismo político, crear un alter ego judío y philiprothiano en las andanzas de Henry Bech (que sí ganaría el Nobel de Literatura) y llegar a un puñado de novelas tardías en las que, en mi opinión, se encuentra lo más interesante de su carrera.

Comprobarlo en la delicada experimentación, en las oraciones admirables (con destellos de Henry James y de Marcel Proust y de Henry Green) y en la originalidad de tramas –que incluyen desde la posibilidad de un Dios informático, una saga familiar ligada fatalmente al séptimo arte y a la televisión, las noches oscuras de unos Estados Unidos fracturados y futuristas, una prequel de Hamlet, una aproximación lateral a la leyenda de Jackson Pollock o un thriller con adolescente fundamentalista– en “La versión de Roger” (1986), “La belleza de los lirios” (1996), “Hacia el fin del tiempo” (1997), “Gertrude y Claudio” (2000), “Busca mi rostro” (2002) y “Terrorista” (2006).

Sus detractores –entre ellos, a lo largo de los últimos títulos, la implacable Michiko Kakutani de The New York Times– insistieron una y otra vez en que Updike escribía demasiado y guiado por el piloto automático de un genio que se había convertido en reflejo y tic y carnal prosa mandarinesca sobre cuestiones casi intangibles. Esto se puso claramente de manifiesto cuando Updike publicó “Villages” (2004), novela en la que volvía al pueblo chico/cama grande. Alguien tituló su reseña “Johnny One Note” (“Johnny Una Sola Nota”). A saber: coitos variados, barrios residenciales, atardeceres, lascivia hogareña, noticias brotando de televisores y periódicos, un hombre más o menos profesional y educado en el puritanismo protestante y blanco, pero siempre poseído por una satiriasis agnóstica y de todos los colores. Y el erosionante paso del tiempo en los rasgos de un imperio tan moderno como decadente.

Pero Updike dejó bien claro desde el vamos cuál sería su campo de juego. De ahí que no tuviera problemas en reconocer en una entrevista que “mi escritura estuvo, está y estará limitada siempre por mi experiencia y mi imaginación, ambas severamente finitas”, que “son muchas las cosas que he comprendido recién al verlas con los ojos de mis personajes” y que “en los últimos tiempos mi obra parece estar marcada por pensamientos más cobardes y rencorosos”. “Yo soy mis libros. Todo está ahí”, le confesó a Martin Amis."


John Updike visto por el genial caricaturista brasileño Loredano.

Credo
Por John Updike

La página en blanco ofrece una libertad absoluta, de modo que... hagamos uso de ella. Desde un principio me harté de lo falso, lo automático. Traté de no forzar mi sentido de la vida para transformarlo en algo de muchas capas y ambiguo mientras tenía en mente cierta sensación de transacción, de regateo entre el lector ideal y yo. La ferocidad doméstica de la clase media, el sexo y la muerte como enigmas para el animal pensante, la existencia social como sacrificio, los placeres y recompensas inesperados, la corrupción como una suerte de evolución... son algunos de los temas que he tratado de objetivar en forma narrativa. Mi trabajo es meditación, no pontificación. No pienso mis libros como sermones o estrategias para una guerra de ideas, sino como objetos de diferentes formas y texturas y dotados del misterio de todo lo que existe. La primera idea que tuve sobre el arte, cuando era niño, fue que el artista traía al mundo algo que no existía antes, y que lo hacía sin destruir nada a cambio. Una especie de refutación de la conservación de la materia. Esa me sigue pareciendo su magia central, su núcleo de alegría.


Bernard Malamud


Bernard Malamud (Nueva York, 1914- 1986) fue un escritor estadounidense, considerado uno de los principales exponentes de la literatura de Estados Unidos. Fue autor de siete novelas, entre las que destacan El mejor (1952), El dependiente (1957) y El reparador (1966, Premio Pulitzer). Son también destacables sus cuentos, recopilados en El barril mágico (1958), Idiotas primero (1963), Imágenes de Fidelman (1969) y El sombrero de Rembrandt (1973).

Dice Rodrigo Fresán: “Este gran escritor judío de lo judío (y de tantas otras cosas) llevaba demasiados años extraviado en esa zona gris o agujero negro en el que, bastante seguido, suelen caer muchos narradores cuando mueren. Aunque puede afirmarse que la desaparición de Malamud del canon de la literatura norteamericana comienza a hacerse ya paradójicamente visible durante los últimos años de la vida y carrera del hombre.
Los motivos para esto –si hablamos de calidad y constancia– son incomprensibles, pero aún abundan las teorías conspirativas. La caída de Malamud –alguna vez considerado uno de los más grandes de su generación– es, para muchos, la injusta consecuencia de los justos premios Nobel a Saul Bellow e Isaac Bashevis Singer (en 1976 y 1978 respectivamente) y del ascenso de Philip Roth, cubriendo así todos los casilleros disponibles para Grandes Escritores Judíos. Otros “culpan” a la timidez de Malamud, a su escasa fotogenia,  a su inexistente afición a la polémica académica o periodística, a su cautela casi patológica heredada de padres inmigrantes y hambreados y al relativo entusiasmo de su editor –Roger Straus de Farrar, Straus and Giroux– quien, cuando una vez le sugirieron la posibilidad de una biografía de Malamud, sentenció a muerte: “Me parece una idea ridícula. Ahí no hay nada que contar, pocas veces ha tenido lugar una existencia tan poco excitante. Saul Bellow es filet mignon, Malamud es hamburguesa”.
En algunos relatos, en un ambiente pequeño y controlado, nos enteramos y  comprendemos y aprendemos de las tensiones apenas secretas y las distancias insalvables entre patrón y empleado.
En otros, en cambio, hay una inteligente y original postura histórica que no por eso descuida las sombras de lo muy privado en lo que sin dudas puede ser definido como la mejor y más inteligente mezcla de Tolstoi y Dostoievski jamás emprendida y conseguida por nadie. Una true story –basada en la del judío Menaham Mendell, falsamente acusado y encarcelado injustamente en la Rusia zarista en un juicio que conmovió al mundo entero en 1913– que hizo de Malamud un escritor famoso en su país y por la que ganó el Pulitzer y el National Book Award.
En su obra existe cierto simbolismo deudor del Antiguo Testamento y del Viejo Mundo de sus ancestros, sí; pero lo que la caracteriza y la une a pesar de sus muy diferentes tramas –lo que une a todos los títulos de Malamud– es la cultura del trabajo. Un territorio donde, entre otros, se encuentran el beisbolista casi arturiano de The Natural, el profesor de college de Una vida nueva, el único sobreviviente a un cataclismo mundial empeñado en enseñarles la Cábala a los simios de La gracia de dios, el biógrafo bloqueado de Las vidas de Dubin (la mejor y más bellowiana novela jamás escrita por Malamud), el pícaro pintor de Portraits of Fidelman, los dos escritores compitiendo en una edificio en ruinas de Los inquilinos y la gran mayoría de los protagonistas de sus célebres e imprescindibles relatos."