Citaremos, a continuación, el análisis del excelente blog de Alexis Ravelo, de Gran Canaria, por compartir plenamente sus puntos de vista acerca de esta obra de Melville.
Bartleby, el escribiente apareció por primera vez en la revista Putnam’s Monthly Magazine en 1853. La anécdota es simple: un escribiente de pasado misterioso que se niega a toda actividad, y repite siempre: “I would prefer not to”.
El cuento está basado en el esquema que luego se haría habitual en el cuento fantástico:
• un hecho maravilloso, mágico, irrumpe en medio de un orden lógico, racional, mostrando que no es tan lógico ni racional, y amenazando con subvertirlo todo.
Bartleby viene a ser la chispa que producirá una explosión fraternal y piadosa en el abogado (y en el mundo del liberalismo desaforado, la piedad y la fraternidad suponen, aunque ningún liberal lo reconocería, una especie de herejía), lo cual llevará a ese personaje a una visión crítica de ese mundo del cual él mismo forma parte y del que anteriormente no tenía queja alguna.
En definitiva, Bartleby, para el abogado, es el indicio de que ese mundo del orden y los convencionalismos, de la competencia y el afán crematístico no es, no ya el único, sino, tampoco, el mejor de los mundos posibles.
Real o imaginado, Bartleby es un personaje indudablemente alegórico, un personaje tipo que no manifiesta sus emociones y cuya personalidad no sufre cambio alguno a lo largo de la historia. De qué sea símbolo esa alegoría que Bartleby constituye, es una cuestión más controvertida:
• Quizá sea un símbolo de la enorme masa de seres humanos cuya libertad y realización caen triturados por los engranajes de la maquinaria capitalista.
• O, de lo que Durkheim denomina anomia. De hecho, al final del relato, se nos cuenta que Bartleby, antes de ingresar en el despacho, había sido un empleado de la Oficina de Cartas no Reclamadas de Washington, de la que fue despedido por un cambio administrativo. Tal vez ésta sea una de las lecturas que interesaban al propio Melville, si observamos el lugar privilegiado que ocupa esa referencia (nada menos que la conclusión del texto) y las reflexiones del abogado narrador sobre la misma.
• Esta circunstancia remite a otra interpretación del personaje como símbolo: la incomunicación, el aislamiento, la soledad del individuo entre la multitud y, al mismo tiempo, de la resignación ante esa fatalidad.
Así, Bartleby viene a ser un extraño símbolo del hombre que elige, lo que será el hombre sartreano condenado a la libertad, la cual, más que parabienes, trae dolor, angustia. Sin embargo, Bartleby elige la opción más desconcertante, la más extravagante e incómoda (hasta para sí mismo).
Junto a la melancolía, Melville tampoco descuida el humor como herramienta de constatación del absurdo, lo cual le acerca en otro punto más a Kafka. Recuérdese, por ejemplo, la escena en que tanto el abogado como sus subordinados comienzan a utilizar, compulsivamente y cada cual a su manera, el verbo “preferir”, verbo preferido de Bartleby.
Si pensamos con Camus que una sensibilidad del absurdo recorre el siglo XX, entonces Bartleby es un personaje del siglo XX, más que del XIX; y Melville un autor con una mirada tremendamente lúcida con respecto a las cotas de alienación y atomización (de soledad y desamparo espirituales) a las que llegaría el hombre en las sociedades industriales defensoras del libre comercio bajo el andamiaje ideológico de la democracia liberal.
Pero, en su denuncia, Melville, sin embargo, no optó (como, por ejemplo, hizo la narrativa francesa del XIX) por el realismo, sino que eligió escribir un relato enigmático, ambiguo, construido desde la subjetividad de los recuerdos de un personaje mediocre que no sabe (como reconoce desde el principio) realmente nada a ciencia cierta sobre Bartleby, cuya mera existencia supone el suceso extraordinario que obliga al abogado a un itinerario a través de la incertidumbre en busca de su propia conciencia.
Otra parte, en cambio, viene dada por el tema. O, más exactamente, dada la técnica antedicha, que no los explicita y deja abierto el abanico de interpretaciones, los temas que trata. En cuanto a este asunto, encontramos casi de todo: desde un problema sociopolítico, a un análisis de una toma de postura ética, llegando, incluso, a tomar tintes ontológicos.
Muy posiblemente, lo que mueve a Bartleby a obrar así es la constatación de la pequeñez, de la inutilidad de eso que se llama “hombre” frente al Cosmos. En el fondo, este relato nos está hablando de aquellas tres preguntas que, como observa Kant, el hombre puede llegar a hacerse pero que quedan sin respuesta cierta: la pregunta por la libertad, la pregunta por Dios y la pregunta por la eternidad. Y preguntarse por estos asuntos es preguntar qué es el hombre, cuáles son sus límites en la vida y cuáles son sus límites frente a lo infinito.
Entonces Bartleby puede ser visto como un individuo que acepta la inutilidad de ese recurso y se niega a luchar contra lo ineluctable, “desenchufándose” de esa máquina. En este orden de cosas, su “mecanismo de desconexión” sería su negativa a continuar con lo establecido.
La pregunta por cómo ha llegado a esa decisión, la responde el propio narrador al finalizar el relato, cuando nos habla de la Oficina de Cartas Muertas. Bartleby, después de haber trabajado allí, sabe que todo es inútil, que nada puede salvarle, como al abogado, como a los demás empleados, como a ese simulacro que es Wall Street entero, de la destrucción, porque ni él ni ellos son más que meras sombras que se encaminan inexorablemente al aniquilamiento, a la nada, al completo vacío al que intentan resistirse en vano. Por eso ha preferido no continuar luchando. Por eso se niega a perpetuar su permanencia en ese conjunto informe que lucha contra lo inevitable.
Bartleby, pues, sería un individuo a quien su lucidez sume en la des-esperanza: Un hombre que ha descubierto la más terrible de las verdades y que hace un ejercicio de honestidad intelectual, rehúsa mentir y espera, paciente, ahora sí, estoicamente, porque, al contrario que los demás, él sí sabe dónde está.
El tiempo y el espacio del taller de lectura plasmado para:
leer de diferentes maneras (por arriba, por abajo, entre líneas, a fondo, participando del texto, recreándolo),
dar cuenta de los procesos culturales en que surgen y son comprendidas o cuestionadas las obras literarias,
pensar (discutiendo, asombrándose, dejándose llevar por lo que los textos nos dicen -pero parece que no dijeran-),
y por sobre todas las cosas, y siempre, disfrutar de la buena literatura.
leer de diferentes maneras (por arriba, por abajo, entre líneas, a fondo, participando del texto, recreándolo),
dar cuenta de los procesos culturales en que surgen y son comprendidas o cuestionadas las obras literarias,
pensar (discutiendo, asombrándose, dejándose llevar por lo que los textos nos dicen -pero parece que no dijeran-),
y por sobre todas las cosas, y siempre, disfrutar de la buena literatura.
sábado, 27 de noviembre de 2010
Los precursores: Hawthorne, Melville y Poe.
Hawthorne (1804-1864), y los problemas éticos del pecado, el castigo y la expiación.
Ya trabajamos con la extraña historia de Wakefield, que Hawthorne ficcionaliza a partir, dice, de haber descubierto en la noticia de un periódico. Wakefield es un hombre aparentemente sereno, de un disimulado egoísmo y vanidad, ávido de misterios, de situaciones enigmáticas. Es también un marido colmado de rutinas y perezas. Una vez, Wakefield decide ausentarse por unos días. Le anuncia a su esposa un viaje que realizará. Abandona luego su hogar, pero no se aleja demasiado. Se aloja en una habitación a la vuelta de la esquina. Desde allí, puede espiar a su cónyuge. Su primera intención es volver quizá al cabo de una semana. Y, sin comprenderlo, fuera de toda coherencia lógica, Wakefield no vuelve. Continúa en su lugar extraño, otro. Y así transcurren veinte años.
Hasta que un día, también por un impulso inexplicable, regresa a su casa, y se reencuentra con su esposa como si nada hubiera ocurrido. Como ya antes se señaló, en Hawthorne es inevitable el salto moralizador o alegórico de la ficción. Por eso, en el final del relato, señala: "En la aparente confusión de nuestro mundo misterioso los individuos se ajustan con tanta perfección a un sistema, y los sistemas unos a otros, y a un todo, de tal modo que con sólo dar un paso a un lado cualquier hombre se expone al pavoroso riesgo de perder para siempre su lugar. Como Wakefield, se puede convertir, por así decirlo, en el Paria del Universo".
A través de sus profundas exploraciones psicológicas, Hawthorne exploró las motivaciones secretas de la conducta humana, y los sentimientos de culpa y angustia que él atribuyó a los pecados cometidos contra la humanidad, especialmente los debidos al orgullo. Por su preocupación por el pecado, es continuador de sus antepasados puritanos, pero por su concepto de las consecuencias del pecado, se alejó de la idea de destino que mantenían sus hermanos de religión. La utilización frecuente que hace de la alegoría y la simbología presenta a sus personajes, con cierta frecuencia, un tanto difuminados e irreales, aunque manifiestan la ambivalencia emocional y espiritual que el autor consideraba inseparable de la herencia puritana de su país.
Ya trabajamos con la extraña historia de Wakefield, que Hawthorne ficcionaliza a partir, dice, de haber descubierto en la noticia de un periódico. Wakefield es un hombre aparentemente sereno, de un disimulado egoísmo y vanidad, ávido de misterios, de situaciones enigmáticas. Es también un marido colmado de rutinas y perezas. Una vez, Wakefield decide ausentarse por unos días. Le anuncia a su esposa un viaje que realizará. Abandona luego su hogar, pero no se aleja demasiado. Se aloja en una habitación a la vuelta de la esquina. Desde allí, puede espiar a su cónyuge. Su primera intención es volver quizá al cabo de una semana. Y, sin comprenderlo, fuera de toda coherencia lógica, Wakefield no vuelve. Continúa en su lugar extraño, otro. Y así transcurren veinte años.
Hasta que un día, también por un impulso inexplicable, regresa a su casa, y se reencuentra con su esposa como si nada hubiera ocurrido. Como ya antes se señaló, en Hawthorne es inevitable el salto moralizador o alegórico de la ficción. Por eso, en el final del relato, señala: "En la aparente confusión de nuestro mundo misterioso los individuos se ajustan con tanta perfección a un sistema, y los sistemas unos a otros, y a un todo, de tal modo que con sólo dar un paso a un lado cualquier hombre se expone al pavoroso riesgo de perder para siempre su lugar. Como Wakefield, se puede convertir, por así decirlo, en el Paria del Universo".
A través de sus profundas exploraciones psicológicas, Hawthorne exploró las motivaciones secretas de la conducta humana, y los sentimientos de culpa y angustia que él atribuyó a los pecados cometidos contra la humanidad, especialmente los debidos al orgullo. Por su preocupación por el pecado, es continuador de sus antepasados puritanos, pero por su concepto de las consecuencias del pecado, se alejó de la idea de destino que mantenían sus hermanos de religión. La utilización frecuente que hace de la alegoría y la simbología presenta a sus personajes, con cierta frecuencia, un tanto difuminados e irreales, aunque manifiestan la ambivalencia emocional y espiritual que el autor consideraba inseparable de la herencia puritana de su país.
sábado, 23 de octubre de 2010
El sur estadounidense como territorio mítico: Flannery O'Connor
Flannery O'Connor (25 de marzo de 1925 – 3 de agosto de 1964) está entre los mejores escritores estadounidenses del siglo XX. Se la estudia dentro de la literatura sureña, aunque se distingue de la mayoría por su perspectiva católica de fondo.
Un hombre bueno es difícil de encontrar es, para el crítico español Gustavo Martín Garzo, seguramente el más representativo de los cuentos de Flannery O’Connor. Arranca de una situación esperpéntica que parece anticipar las películas de Tarantino: una familia viaja a Florida, tiene un accidente y quien acude en su ayuda es un criminal que ha huido de la prisión, el Desequilibrado.
Literatura del exceso y del desgarro, porque en ese mundo sureño todo es excesivo y está enraizado en un desatado y extravagante fondo bíblico sobre el que crecen con la misma naturalidad el fanatismo y la maldad y los personajes grotescos y terribles que habitan ese mundo narrativo de Flannery O’Connor, católica en aquella región de fundamentalismo protestante. Del esfuerzo por comprender un mundo ininteligible y unos comportamientos imprevisibles se nutre esta serie de relatos, como los de Faulkner y Tennesse Williams y antes los de Hawthorne.
La literatura norteamericana del siglo XX ha creado, entonces, dos grandes territorios míticos:
1. la literatura urbana, neoyorquina, sofisticada y elegante, en la que la complejidad está servida por la trama en ocasiones pero no tanto por el estilo, el mundo de cuyos extremos tiran Fitzgerald y Auster, pero en el que caben tantos otros autores, desde O'Henry y Edith Wharton o Henry James -de estilo más que complejo- hasta Dorothy Parker o el mundo narrativo de un director y autor como Woody Allen, una ambientación en la que por supuesto puede encuadrarse la literatura de los suburbios, la de Carver o Cheever o el Richard Ford del díptico sobre Frank Bascombe, incluso gran parte de Updike;
2. los escritores del sur, otro territorio donde se encuentran los escritores que han buceado en las pulsiones más profundas y salvajes de una nación joven, los escritores del «gótico sureño», como se les nombró, pero que pertenecen a la tradición inventada por Mark Twain y Bret Harte y que explo tó narrativamente con Faulkner, al que siguieron Carson McCullers o Truman Capote, y cuyos herederos más actuales son autores del hilo de Sam Shepard y sobre todo Cormar McCarthy.
Es muy interesante el análisis de otro crítico español, Miguel Ángel Muñoz, quien asevera que esta corriente, tan potente y caudalosa como la imagen del río Missisipi, es la literatura del gran estilo americano, la que bebe de Melville, Thoreau y Emerson, y ha permitido que dentro de ella germinen las herencias míticas y bíblicas de los fundadores de la nación, pero también las amenazas difusas, los conceptos misteriosos que cualquier terreno de conquista o frontera conlleva.
Las principales características de esta literatura son:
• El lenguaje barroco y las citas bíblicas, la que aún no concibe los Estados Unidos -al contrario que la otra corriente urbana- como nuevo imperio mundial, la literatura que está segura de que en el centro de la granja más perdida de Kansas habita una imagen del infierno y la desolación. La literatura que busca la tierra prometida, ensimismada y en la que cualquier muestra de sensualidad está habitada por la perdición.
• Las genealogías, porque Flannery O'Connor habla de familias originarias, fundadoras, de granjeros y fieles practicantes religiosos que no aceptaban fácilmente los cambios. Por eso los personajes de Flannery O'Connor lanzan plegarias, piden ayuda, pero acaban por desistir y toman el atajo de la explosión violenta, confiando en una posterior redención que dé sentido a sus vidas. Ella misma era una escritora de pueblo, de hecho cuando sus personajes viajan a la ciudad se sienten desubicados y no hacen sino comprobar la inutilidad del movimiento.
• Su visión del problema racial es asombrada e impávida. No es racismo -lo es en sus personajes, pero no en la mirada de la autora- sino miedo a las pulsiones violentas que la relación con ellos comienza a despertar en los personajes en la medida en que los negros han despertado al fin y no se limitan a servir sin más las órdenes del patrón.
• Sus finales son siempre violentos porque ella, católica en tierra de protestantes, creía en la capacidad purificadora del rayo de Dios. Como ella misma, (padeció de lupus, enfermedad degenerativa, igual que su padre), muchos de sus personajes tienen defectos físicos, taras que ejemplifican la imperfección del ser humano frente a la grandeza justiciera de Dios. El mal nos toma, el bien nos ignora, parece indicar la escritora.
• Suele terminar sus relatos con una inquietante -a veces irónica- conclusión.
Y, para finalizar, los dejo con esta frase sobre sí misma que la define rotundamente: «Soy una de esas personas que penetran la nada. La buena gente del campo». Flannery O'Connor.
Un hombre bueno es difícil de encontrar es, para el crítico español Gustavo Martín Garzo, seguramente el más representativo de los cuentos de Flannery O’Connor. Arranca de una situación esperpéntica que parece anticipar las películas de Tarantino: una familia viaja a Florida, tiene un accidente y quien acude en su ayuda es un criminal que ha huido de la prisión, el Desequilibrado.
Literatura del exceso y del desgarro, porque en ese mundo sureño todo es excesivo y está enraizado en un desatado y extravagante fondo bíblico sobre el que crecen con la misma naturalidad el fanatismo y la maldad y los personajes grotescos y terribles que habitan ese mundo narrativo de Flannery O’Connor, católica en aquella región de fundamentalismo protestante. Del esfuerzo por comprender un mundo ininteligible y unos comportamientos imprevisibles se nutre esta serie de relatos, como los de Faulkner y Tennesse Williams y antes los de Hawthorne.
La literatura norteamericana del siglo XX ha creado, entonces, dos grandes territorios míticos:
1. la literatura urbana, neoyorquina, sofisticada y elegante, en la que la complejidad está servida por la trama en ocasiones pero no tanto por el estilo, el mundo de cuyos extremos tiran Fitzgerald y Auster, pero en el que caben tantos otros autores, desde O'Henry y Edith Wharton o Henry James -de estilo más que complejo- hasta Dorothy Parker o el mundo narrativo de un director y autor como Woody Allen, una ambientación en la que por supuesto puede encuadrarse la literatura de los suburbios, la de Carver o Cheever o el Richard Ford del díptico sobre Frank Bascombe, incluso gran parte de Updike;
2. los escritores del sur, otro territorio donde se encuentran los escritores que han buceado en las pulsiones más profundas y salvajes de una nación joven, los escritores del «gótico sureño», como se les nombró, pero que pertenecen a la tradición inventada por Mark Twain y Bret Harte y que explo tó narrativamente con Faulkner, al que siguieron Carson McCullers o Truman Capote, y cuyos herederos más actuales son autores del hilo de Sam Shepard y sobre todo Cormar McCarthy.
Es muy interesante el análisis de otro crítico español, Miguel Ángel Muñoz, quien asevera que esta corriente, tan potente y caudalosa como la imagen del río Missisipi, es la literatura del gran estilo americano, la que bebe de Melville, Thoreau y Emerson, y ha permitido que dentro de ella germinen las herencias míticas y bíblicas de los fundadores de la nación, pero también las amenazas difusas, los conceptos misteriosos que cualquier terreno de conquista o frontera conlleva.
Las principales características de esta literatura son:
• El lenguaje barroco y las citas bíblicas, la que aún no concibe los Estados Unidos -al contrario que la otra corriente urbana- como nuevo imperio mundial, la literatura que está segura de que en el centro de la granja más perdida de Kansas habita una imagen del infierno y la desolación. La literatura que busca la tierra prometida, ensimismada y en la que cualquier muestra de sensualidad está habitada por la perdición.
• Las genealogías, porque Flannery O'Connor habla de familias originarias, fundadoras, de granjeros y fieles practicantes religiosos que no aceptaban fácilmente los cambios. Por eso los personajes de Flannery O'Connor lanzan plegarias, piden ayuda, pero acaban por desistir y toman el atajo de la explosión violenta, confiando en una posterior redención que dé sentido a sus vidas. Ella misma era una escritora de pueblo, de hecho cuando sus personajes viajan a la ciudad se sienten desubicados y no hacen sino comprobar la inutilidad del movimiento.
• Su visión del problema racial es asombrada e impávida. No es racismo -lo es en sus personajes, pero no en la mirada de la autora- sino miedo a las pulsiones violentas que la relación con ellos comienza a despertar en los personajes en la medida en que los negros han despertado al fin y no se limitan a servir sin más las órdenes del patrón.
• Sus finales son siempre violentos porque ella, católica en tierra de protestantes, creía en la capacidad purificadora del rayo de Dios. Como ella misma, (padeció de lupus, enfermedad degenerativa, igual que su padre), muchos de sus personajes tienen defectos físicos, taras que ejemplifican la imperfección del ser humano frente a la grandeza justiciera de Dios. El mal nos toma, el bien nos ignora, parece indicar la escritora.
• Suele terminar sus relatos con una inquietante -a veces irónica- conclusión.
Y, para finalizar, los dejo con esta frase sobre sí misma que la define rotundamente: «Soy una de esas personas que penetran la nada. La buena gente del campo». Flannery O'Connor.
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martes, 5 de octubre de 2010
Retomando a Cheever brevemente.
Me parece que Cheever merece algunas reflexiones, y teniendo en cuenta que el lunes es feriado, les dejo estas líneas para que lo sigan procesando, saquen sus conclusiones, y después lo comentemos.
La idea es valorar el alcance de una escritura que se sustenta en una confianza en la literatura como fuerza redentora, entendiendo entonces un poco más la "leyenda Cheever", y conectar algunos elementos biográficos con pasajes literarios y algunas valoraciones de editores y colegas de Cheever, como así también las opiniones del crítico Álvaro Matus, y de Rodrigo Fresán.
“El mundo de las manzanas”.
Asa Bascomb, el poeta del cuento, es un descontento habitante de Nueva Inglaterra que vive en Mount Carboni, lugar imaginario de Italia; un buen día, ve por casualidad a una pareja haciendo el amor en el bosque y luego es incapaz de escribir nada que no sea pornografía; baladas inmundas, coplas picantes o, simplemente, la palabra "joder" (j…r), repetida hasta la saciedad. Para Bascomb, esto representa una profunda enfermedad del alma. Al igual que Cheever, suele asociar la obscenidad a la autodestrucción, un asunto de particular urgencia, pues otros cuatro poetas "con los que Bascomb componía una especie de grupo literario" ya han cometido suicidio ("pero Bascomb, a su manera tozuda y campesina, estaba decidido a romper o ignorar ese nexo, derrocar a Marsyas y Orfeo"). Aquí consideremos la idea según la mitología griega. Marsyas era un sátiro, como Pan, experto en tocar una especie de flauta doble. Un día Apolo y Marsyas, uno con la lira y el otro con la flauta, se enfrentaron en un concurso musical pero Marsyas perdió. Fue desollado vivo por su hibris al desafiar a un dios.
El sentido del mito es que Marsyas, quien representa la naturaleza agreste y sombría, aún no depurada, tiene la soberbia de enfrentarse a Apolo, el dios de la luz, quien es muy superior. Al desollar a Marsyas, Apolo le despoja de su piel de bestia y consigue que pueda manifestarse la vida pura, que fluye como un río vivificante. Así, más que un castigo, la operación del dios se convierte en una bendición.
El caso de Orfeo, personaje de la mitología griega, hijo de Apolo que hereda el don de la música y la poesía, consiste en que según los relatos, cuando tocaba su lira, los hombres se reunían para oírlo y hacer descansar su alma. Llegado el momento, con su música ablandó también el corazón de Hades, el dios de los muertos.
O sea: dos caras de la misma moneda: el arte como una redención, de una bendición que permite nuevamente la vida.
En un determinado momento, el anciano del cuento se ve vagamente tentado por los encantos de un hombre repulsivo pero en vez de caer en una corrupción tan definitiva, decide peregrinar para ver al sagrado ángel de Monte Giordano, a quien le reza: "Dios bendiga a Walt Whitman, Hart Crane, Dylan Thomas, William Faulkner, Scott Fitzgerald y, especialmente, a Ernest Hemingway". Tras invocar a sus ídolos de la literatura -hombres cuyas imaginativas labores les habían llevado a la más dolorosa alienación y, en algunos casos, al suicidio-, Bascomb completa su purificación quedándose de pie bajo una cascada helada, como había hecho su padre antes que él, y luego vuelve a casa para escribir "un extenso poema sobre la dignidad inalienable de la luz y el aire que... impregnarían sus últimos meses de vida”.
Ya hemos comentado que los cuentos de John Cheever, poblados de personajes con dinero, muchos amigos y familias unidas, suelen terminar como empezaron. Después de explorar la grieta del hogar, el narrador agarra la brocha y disimula las fisuras con una mano de pintura. Un párrafo que restablece el orden o, mejor, devuelve a los personajes al utópico refugio familiar. Pero se trata sin embargo de una ilusión. Las sonrisas se acaban muy rápido, dejando al descubierto unas marcas de preocupación y amargura alrededor de los labios, ya que todos esconden algún secreto.
Es difícil encontrar una refutación de las lecciones de moralidad barata más contundente que estos "Relatos" de Cheever, dice Álvaro Matus. Como en la vida, aquí todo está teñido de luces y sombras. El éxito profesional o el matrimonio bien constituido apenas alcanzan a disimular el abismo que hay entre las fantasías y el mundo práctico.
Está relacionado con una larga tradición de su país; Malcolm Cowley, su editor, destacó que en sus textos confluían las frases simples y directas de Hemingway, la preocupación por una clase social a lo Fitzgerald y los aspectos bíblicos de Faulkner.
Expulsado del colegio, dijo en sus Diarios: "En el colegio, Estados Unidos es siempre hermoso. Es siempre la gema del océano y está muy mal que así sea. Está mal porque la gente se lo cree. Porque se vuelven indiferentes. Porque se casan y se reproducen y votan y no saben nada. Porque el periódico está siempre de buen humor y se la pasa mirando al cielo raso para no ver la suciedad del piso. Porque todo lo que ellos saben y conocen es lo que les dice el periódico siempre de buen humor.”
"John Cheever fue expulsado y gran parte de su obra trata de la imposibilidad de volver a un paraíso que jamás se conoció, pero que se intuye como posible o, por lo menos, digno de ser imaginado y puesto por escrito una y otra vez", comenta Fresán en el prólogo de "La geometría del amor".
Tras la publicación de sus "Diarios" se comprobó que sus ficciones eran el refinado disfraz de un hombre atormentado por el alcohol, la inestabilidad de los afectos, y sin embargo dice su hijo Benjamin: “Asumió su bisexualidad. Dejó la bebida. Pero la vida seguía siendo un problema".
Toda la narrativa de Cheever podría formularse en unas cuantas preguntas que desbaratan la ilusión del refugio familiar. Como en el caso del divorciado ("La cura") que cree que la solución a sus alucinaciones está en el tobillo de una mujer: "... caminé junto a ella, y una voz repetía dentro de mi cabeza sin cesar: Por favor, déjeme poner la mano en torno a su tobillo. Me salvará la vida. Sólo quiero rodearle el tobillo con la mano. Con mucho gusto se lo pagaré. Saqué mi cartera y de ella unos billetes. Entonces oí que alguien, detrás de mí, me llamaba por mi nombre. Reconocí la voz campechana de un representante de publicidad que entra y sale de nuestra oficina. Me guardé la cartera en el bolsillo, cruce la calle y traté de perderme en el gentío". Aquí nuevamente la vuelta al orden, al utópico refugio.
Lo sugestivo es la honestidad con que Cheever explora en los escondrijos del deseo. El crítico Richard Schickel en "The Cheever Chronicle" ha destacado que en sus relatos "va desapareciendo la ironía para acabar imponiéndose la posibilidad cierta de perdón a nuestros pecados y la convicción de que nuestras pérdidas no implican necesariamente que estemos perdidos".
En esa humanidad radica buena parte de la universalidad de Cheever. Sus personajes están lejos de la consecuencia, pero Cheever sabía que él no era mucho mejor que ellos. Son los claroscuros los que los vuelven reconocibles, y constituyen una especie de "comedia humana" de la clase media estadounidense de los años treinta, cuarenta y cincuenta del pasado siglo.
A primera vista se podría pensar que se trata de relatos de perdedores, tan en boga en la literatura, sobre los que se solicita una mirada de compasión proponiendo una lectura gratificante, pero en seguida advierte el lector que no está tratando con perdedores sino con otro género no tan apreciado: los relatos de Cheever están llenos de gente mediocre.
Y lo primero que, poco a poco, emerge de su escritura es que esta gente mediocre es pura humanidad, es una representación del hombre medio, de la mujer media, absorbidos en su pequeñez, pero absolutamente reconocibles en su patético braceo por la vida. Y no hay un átomo de compasión en los relatos de Cheever sino, muy al contrario, una mirada que es un cuchillo y que, sin embargo, tampoco contiene un átomo de desprecio. Es más, se diría que escribe como una especie de inteligente chismoso de la misma clase social que sus personajes; ése es quizá su truco, pues también se confunde con ellos, acude a sus fiestas o los acompaña en un almuerzo o en una discusión contenida. Cheever logra un efecto admirable que es el de admitir una cierta empatía, quizá incluso ternura, por sus personajes sin que por ello pierda ni por un segundo la distancia que todo verdadero autor mantiene con ellos. Uno pensaría que puede ser uno más entre ellos, un lúcido disimulado.
En general, son relatos sin negrura en superficie, cuyo efecto cala paso a paso, ninguno de los cuales parece especialmente duro... hasta que se cierran sobre la historia del personaje de turno. Y, como es propio de esa clase media desorientada en busca de la felicidad, utiliza a menudo el recurso de los sueños. Estrategia narrativa que tiene un sentido específico: parodiar los sueños –y utopías- de esa sociedad.
“Visión del mundo”.
Según Jaime Priede, el “territorio Cheever" se extiende en sus novelas por Nueva Inglaterra, y en sus relatos por los barrios residenciales de clase media en torno a Nueva York. Casas con jardín y barbacoa, piscina y coctel. Urbanizaciones construidas alrededor del Club Social como las ciudades medievales europeas se construían en torno a la iglesia. Es el contexto de la silent majority, la mayoría moral encubridora de la aparente unanimidad del país. Y es ahí donde Cheever introduce su fino bisturí para dejar al descubierto la expansiva prosperidad del "hombre de traje gris", prosperidad que se eleva con una “pretensión de trascendencia, fruto del ahondamiento religioso de los años cincuenta”. Contextualización, por otro lado, en la que se vislumbra cierto cambio de clima mental en favor de una heterogeneidad tan incurable como encubierta. Barrios residenciales en cuya atmósfera de consumo y apariencia, Cheever, como luego haría Sam Mendes en la aclamada película American Beauty, inyecta una crítica implacable al American way of life para plasmar tanto su fracaso colectivo como la redención individual a modo de epifanía del protagonista. Relatos como "El ladrón de Shady Hill", "El marido rural" o "El nadador" están protagonizados por individuos atrapados por su entorno que se ponen en movimiento, en disposición disidente de iniciar una fuga que les otorga, en el transcurso del relato, una transformación revelada como cierta forma de santidad. Redención que adquiere ciertos destellos mitológicos en relatos como "Adiós, hermano mío" y "El ángel del puente", en los que se hace presente el "subtexto religioso" tantas veces verificado en la obra de Cheever, que dejó escrito en su Diario: "La forma más sencilla de comprender nuestro tiempo es a través de la mitología."
Dice Fresán: “Existe un Cheever Country, un territorio inequívocamente cheeveriano. En ese paisaje que se extiende desde Nueva Inglaterra (cuna y sepulcro de la familia Wapshot de sus dos primeras novelas), pasa por la Manhattan de los años treinta y cuarenta y, a partir de los cincuenta, deja la Gran Ciudad para instalarse en suburbios residenciales que pueden llamarse Shady Hill, Bullet Park o Proxmire Manor, con la escapada de rigueur a Europa; Italia en especial. El mundo según Cheever –el mundo que se alza al otro lado de las puertas para siempre cerradas del Paraíso- es el mundo de hombres y mujeres urbanos y suburbanos, que de algún modo se las arreglan para mantener cierta extraña pureza y una rara forma de santidad. Cheever podía ver en la aparente banalidad de sus personajes, en su follaje absurdo e impertinente, las raíces secretas pero tangibles de antiguos mitos y de arquetipos inmemoriales.
«Una visión del mundo» es, seguro, la mejor de las muchas epifanías escritas por Cheever, uno de sus más grandes logros en la crítica de los ritos perversos de la vida moderna y de su entorno, y una demostración de la maestría de su técnica y de su prosa (lo que el escritor John Gardner definió como «esa voz de Cheever para escribir cantando») a la hora de sostener una trama compuesta íntegramente por sueños («Tengo sueños de una densidad que me gustaría poder trasladar a mis ficciones», desea en sus Diarios) y percepciones del universo hasta construir una suerte de plegaria donde la lluvia (el agua) vuelve a presentarse como agente redentor. Otra vez –como en tantos cuentos del autor– aparece el motivo expulsión del paraíso/apocalipsis suburbano/revelación. Aquí, más que en ninguna parte, se hace evidente el mandato que Cheever se impuso para su vida de escritor y que aparece con emocionante claridad en sus Diarios: «Escribir bien, con pasión, con menos inhibiciones, ser más cálido, más autocrítico, reconocer el poder de la lujuria tanto como su fuerza, escribir, amar. (...J No disimular nada ni ocultar nada, escribir sobre las cosas más cercanas a nuestro dolor, a nuestra felicidad, escribir sobre mi torpeza sexual, el sufrimiento de Tántalo, la magnitud de mi desaliento –creo entreverlo en sueños–, mi desesperación. Escribir sobre los necios sufrimientos de la angustia, la renovación de nuestras fuerzas cuando aquéllos pasan; escribir sobre la penosa búsqueda del yo, amenazado por un extraño en la oficina de correo, un rostro apenas entrevisto en la ventanilla de un tren; escribir sobre los continentes y las poblaciones de nuestros sueños, sobre el amor y la muerte, el bien y el mal, el fin del mundo.”
Territorio Cheever: un lugar donde tanto lo demoníaco como lo angélico tienen sitio y cuyo mapa se las arregla –en su aparente caos dionisíaco y belleza apolínea- para recordar en todo momento el Olimpo de los antiguos griegos donde las distancias que separaban a los hombres de los dioses eran, a menudo, insignificantes”.
Y si los personajes no se asumen como tales, una conjetura intrínseca los hará valorar esa poca belleza que encuentran a su alrededor, entendida como un vestigio y también como un consuelo. Así pasa en la breve “Una visión del mundo”.
La seguimos en el próximo taller.
La idea es valorar el alcance de una escritura que se sustenta en una confianza en la literatura como fuerza redentora, entendiendo entonces un poco más la "leyenda Cheever", y conectar algunos elementos biográficos con pasajes literarios y algunas valoraciones de editores y colegas de Cheever, como así también las opiniones del crítico Álvaro Matus, y de Rodrigo Fresán.
“El mundo de las manzanas”.
Asa Bascomb, el poeta del cuento, es un descontento habitante de Nueva Inglaterra que vive en Mount Carboni, lugar imaginario de Italia; un buen día, ve por casualidad a una pareja haciendo el amor en el bosque y luego es incapaz de escribir nada que no sea pornografía; baladas inmundas, coplas picantes o, simplemente, la palabra "joder" (j…r), repetida hasta la saciedad. Para Bascomb, esto representa una profunda enfermedad del alma. Al igual que Cheever, suele asociar la obscenidad a la autodestrucción, un asunto de particular urgencia, pues otros cuatro poetas "con los que Bascomb componía una especie de grupo literario" ya han cometido suicidio ("pero Bascomb, a su manera tozuda y campesina, estaba decidido a romper o ignorar ese nexo, derrocar a Marsyas y Orfeo"). Aquí consideremos la idea según la mitología griega. Marsyas era un sátiro, como Pan, experto en tocar una especie de flauta doble. Un día Apolo y Marsyas, uno con la lira y el otro con la flauta, se enfrentaron en un concurso musical pero Marsyas perdió. Fue desollado vivo por su hibris al desafiar a un dios.
El sentido del mito es que Marsyas, quien representa la naturaleza agreste y sombría, aún no depurada, tiene la soberbia de enfrentarse a Apolo, el dios de la luz, quien es muy superior. Al desollar a Marsyas, Apolo le despoja de su piel de bestia y consigue que pueda manifestarse la vida pura, que fluye como un río vivificante. Así, más que un castigo, la operación del dios se convierte en una bendición.
El caso de Orfeo, personaje de la mitología griega, hijo de Apolo que hereda el don de la música y la poesía, consiste en que según los relatos, cuando tocaba su lira, los hombres se reunían para oírlo y hacer descansar su alma. Llegado el momento, con su música ablandó también el corazón de Hades, el dios de los muertos.
O sea: dos caras de la misma moneda: el arte como una redención, de una bendición que permite nuevamente la vida.
En un determinado momento, el anciano del cuento se ve vagamente tentado por los encantos de un hombre repulsivo pero en vez de caer en una corrupción tan definitiva, decide peregrinar para ver al sagrado ángel de Monte Giordano, a quien le reza: "Dios bendiga a Walt Whitman, Hart Crane, Dylan Thomas, William Faulkner, Scott Fitzgerald y, especialmente, a Ernest Hemingway". Tras invocar a sus ídolos de la literatura -hombres cuyas imaginativas labores les habían llevado a la más dolorosa alienación y, en algunos casos, al suicidio-, Bascomb completa su purificación quedándose de pie bajo una cascada helada, como había hecho su padre antes que él, y luego vuelve a casa para escribir "un extenso poema sobre la dignidad inalienable de la luz y el aire que... impregnarían sus últimos meses de vida”.
Ya hemos comentado que los cuentos de John Cheever, poblados de personajes con dinero, muchos amigos y familias unidas, suelen terminar como empezaron. Después de explorar la grieta del hogar, el narrador agarra la brocha y disimula las fisuras con una mano de pintura. Un párrafo que restablece el orden o, mejor, devuelve a los personajes al utópico refugio familiar. Pero se trata sin embargo de una ilusión. Las sonrisas se acaban muy rápido, dejando al descubierto unas marcas de preocupación y amargura alrededor de los labios, ya que todos esconden algún secreto.
Es difícil encontrar una refutación de las lecciones de moralidad barata más contundente que estos "Relatos" de Cheever, dice Álvaro Matus. Como en la vida, aquí todo está teñido de luces y sombras. El éxito profesional o el matrimonio bien constituido apenas alcanzan a disimular el abismo que hay entre las fantasías y el mundo práctico.
Está relacionado con una larga tradición de su país; Malcolm Cowley, su editor, destacó que en sus textos confluían las frases simples y directas de Hemingway, la preocupación por una clase social a lo Fitzgerald y los aspectos bíblicos de Faulkner.
Expulsado del colegio, dijo en sus Diarios: "En el colegio, Estados Unidos es siempre hermoso. Es siempre la gema del océano y está muy mal que así sea. Está mal porque la gente se lo cree. Porque se vuelven indiferentes. Porque se casan y se reproducen y votan y no saben nada. Porque el periódico está siempre de buen humor y se la pasa mirando al cielo raso para no ver la suciedad del piso. Porque todo lo que ellos saben y conocen es lo que les dice el periódico siempre de buen humor.”
"John Cheever fue expulsado y gran parte de su obra trata de la imposibilidad de volver a un paraíso que jamás se conoció, pero que se intuye como posible o, por lo menos, digno de ser imaginado y puesto por escrito una y otra vez", comenta Fresán en el prólogo de "La geometría del amor".
Tras la publicación de sus "Diarios" se comprobó que sus ficciones eran el refinado disfraz de un hombre atormentado por el alcohol, la inestabilidad de los afectos, y sin embargo dice su hijo Benjamin: “Asumió su bisexualidad. Dejó la bebida. Pero la vida seguía siendo un problema".
Toda la narrativa de Cheever podría formularse en unas cuantas preguntas que desbaratan la ilusión del refugio familiar. Como en el caso del divorciado ("La cura") que cree que la solución a sus alucinaciones está en el tobillo de una mujer: "... caminé junto a ella, y una voz repetía dentro de mi cabeza sin cesar: Por favor, déjeme poner la mano en torno a su tobillo. Me salvará la vida. Sólo quiero rodearle el tobillo con la mano. Con mucho gusto se lo pagaré. Saqué mi cartera y de ella unos billetes. Entonces oí que alguien, detrás de mí, me llamaba por mi nombre. Reconocí la voz campechana de un representante de publicidad que entra y sale de nuestra oficina. Me guardé la cartera en el bolsillo, cruce la calle y traté de perderme en el gentío". Aquí nuevamente la vuelta al orden, al utópico refugio.
Lo sugestivo es la honestidad con que Cheever explora en los escondrijos del deseo. El crítico Richard Schickel en "The Cheever Chronicle" ha destacado que en sus relatos "va desapareciendo la ironía para acabar imponiéndose la posibilidad cierta de perdón a nuestros pecados y la convicción de que nuestras pérdidas no implican necesariamente que estemos perdidos".
En esa humanidad radica buena parte de la universalidad de Cheever. Sus personajes están lejos de la consecuencia, pero Cheever sabía que él no era mucho mejor que ellos. Son los claroscuros los que los vuelven reconocibles, y constituyen una especie de "comedia humana" de la clase media estadounidense de los años treinta, cuarenta y cincuenta del pasado siglo.
A primera vista se podría pensar que se trata de relatos de perdedores, tan en boga en la literatura, sobre los que se solicita una mirada de compasión proponiendo una lectura gratificante, pero en seguida advierte el lector que no está tratando con perdedores sino con otro género no tan apreciado: los relatos de Cheever están llenos de gente mediocre.
Y lo primero que, poco a poco, emerge de su escritura es que esta gente mediocre es pura humanidad, es una representación del hombre medio, de la mujer media, absorbidos en su pequeñez, pero absolutamente reconocibles en su patético braceo por la vida. Y no hay un átomo de compasión en los relatos de Cheever sino, muy al contrario, una mirada que es un cuchillo y que, sin embargo, tampoco contiene un átomo de desprecio. Es más, se diría que escribe como una especie de inteligente chismoso de la misma clase social que sus personajes; ése es quizá su truco, pues también se confunde con ellos, acude a sus fiestas o los acompaña en un almuerzo o en una discusión contenida. Cheever logra un efecto admirable que es el de admitir una cierta empatía, quizá incluso ternura, por sus personajes sin que por ello pierda ni por un segundo la distancia que todo verdadero autor mantiene con ellos. Uno pensaría que puede ser uno más entre ellos, un lúcido disimulado.
En general, son relatos sin negrura en superficie, cuyo efecto cala paso a paso, ninguno de los cuales parece especialmente duro... hasta que se cierran sobre la historia del personaje de turno. Y, como es propio de esa clase media desorientada en busca de la felicidad, utiliza a menudo el recurso de los sueños. Estrategia narrativa que tiene un sentido específico: parodiar los sueños –y utopías- de esa sociedad.
“Visión del mundo”.
Según Jaime Priede, el “territorio Cheever" se extiende en sus novelas por Nueva Inglaterra, y en sus relatos por los barrios residenciales de clase media en torno a Nueva York. Casas con jardín y barbacoa, piscina y coctel. Urbanizaciones construidas alrededor del Club Social como las ciudades medievales europeas se construían en torno a la iglesia. Es el contexto de la silent majority, la mayoría moral encubridora de la aparente unanimidad del país. Y es ahí donde Cheever introduce su fino bisturí para dejar al descubierto la expansiva prosperidad del "hombre de traje gris", prosperidad que se eleva con una “pretensión de trascendencia, fruto del ahondamiento religioso de los años cincuenta”. Contextualización, por otro lado, en la que se vislumbra cierto cambio de clima mental en favor de una heterogeneidad tan incurable como encubierta. Barrios residenciales en cuya atmósfera de consumo y apariencia, Cheever, como luego haría Sam Mendes en la aclamada película American Beauty, inyecta una crítica implacable al American way of life para plasmar tanto su fracaso colectivo como la redención individual a modo de epifanía del protagonista. Relatos como "El ladrón de Shady Hill", "El marido rural" o "El nadador" están protagonizados por individuos atrapados por su entorno que se ponen en movimiento, en disposición disidente de iniciar una fuga que les otorga, en el transcurso del relato, una transformación revelada como cierta forma de santidad. Redención que adquiere ciertos destellos mitológicos en relatos como "Adiós, hermano mío" y "El ángel del puente", en los que se hace presente el "subtexto religioso" tantas veces verificado en la obra de Cheever, que dejó escrito en su Diario: "La forma más sencilla de comprender nuestro tiempo es a través de la mitología."
Dice Fresán: “Existe un Cheever Country, un territorio inequívocamente cheeveriano. En ese paisaje que se extiende desde Nueva Inglaterra (cuna y sepulcro de la familia Wapshot de sus dos primeras novelas), pasa por la Manhattan de los años treinta y cuarenta y, a partir de los cincuenta, deja la Gran Ciudad para instalarse en suburbios residenciales que pueden llamarse Shady Hill, Bullet Park o Proxmire Manor, con la escapada de rigueur a Europa; Italia en especial. El mundo según Cheever –el mundo que se alza al otro lado de las puertas para siempre cerradas del Paraíso- es el mundo de hombres y mujeres urbanos y suburbanos, que de algún modo se las arreglan para mantener cierta extraña pureza y una rara forma de santidad. Cheever podía ver en la aparente banalidad de sus personajes, en su follaje absurdo e impertinente, las raíces secretas pero tangibles de antiguos mitos y de arquetipos inmemoriales.
«Una visión del mundo» es, seguro, la mejor de las muchas epifanías escritas por Cheever, uno de sus más grandes logros en la crítica de los ritos perversos de la vida moderna y de su entorno, y una demostración de la maestría de su técnica y de su prosa (lo que el escritor John Gardner definió como «esa voz de Cheever para escribir cantando») a la hora de sostener una trama compuesta íntegramente por sueños («Tengo sueños de una densidad que me gustaría poder trasladar a mis ficciones», desea en sus Diarios) y percepciones del universo hasta construir una suerte de plegaria donde la lluvia (el agua) vuelve a presentarse como agente redentor. Otra vez –como en tantos cuentos del autor– aparece el motivo expulsión del paraíso/apocalipsis suburbano/revelación. Aquí, más que en ninguna parte, se hace evidente el mandato que Cheever se impuso para su vida de escritor y que aparece con emocionante claridad en sus Diarios: «Escribir bien, con pasión, con menos inhibiciones, ser más cálido, más autocrítico, reconocer el poder de la lujuria tanto como su fuerza, escribir, amar. (...J No disimular nada ni ocultar nada, escribir sobre las cosas más cercanas a nuestro dolor, a nuestra felicidad, escribir sobre mi torpeza sexual, el sufrimiento de Tántalo, la magnitud de mi desaliento –creo entreverlo en sueños–, mi desesperación. Escribir sobre los necios sufrimientos de la angustia, la renovación de nuestras fuerzas cuando aquéllos pasan; escribir sobre la penosa búsqueda del yo, amenazado por un extraño en la oficina de correo, un rostro apenas entrevisto en la ventanilla de un tren; escribir sobre los continentes y las poblaciones de nuestros sueños, sobre el amor y la muerte, el bien y el mal, el fin del mundo.”
Territorio Cheever: un lugar donde tanto lo demoníaco como lo angélico tienen sitio y cuyo mapa se las arregla –en su aparente caos dionisíaco y belleza apolínea- para recordar en todo momento el Olimpo de los antiguos griegos donde las distancias que separaban a los hombres de los dioses eran, a menudo, insignificantes”.
Y si los personajes no se asumen como tales, una conjetura intrínseca los hará valorar esa poca belleza que encuentran a su alrededor, entendida como un vestigio y también como un consuelo. Así pasa en la breve “Una visión del mundo”.
La seguimos en el próximo taller.
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jueves, 30 de septiembre de 2010
Lorrie Moore: "nada, nadie, dura..."
Ya hemos pasado por Carver y Cheever, y ahora continuamos con Lorrie Moore, directa heredera del incisivo realismo norteamericano contemporáneo. Nacida en 1957 es oriunda del Este, pero vive desde hace años en el Oeste de Estados Unidos, y ha dicho en una entrevista, a propósito de lo relevante que es la mirada geográfica cuando analizamos esta narrativa: "Aquí hay un muy buen resumen de la sociedad estadounidense. Al principio no era consciente de eso, de todo lo que había aquí, y ahora estoy tratando de reflejarlo. Éste es un micromundo del país con todos sus microambientes políticos, culturales, sociales y de sueños".
Sus características: disecciona el discurso multicultural construido desde la clase blanca y enumera sus contradicciones y efectos perversos; desnuda a una generación -ahora en la cuarentena- de sus defectos y sus contradicciones; denuncia las prácticas inmorales de un sistema político que utiliza la desesperanza y desorientación de sus generaciones más jóvenes para nutrir sus guerras de mano de obra gratuita; o ensalza el espíritu de sacrificio y de trabajo denodado de las familias norteamericanas, si bien no le tiembla la mano a la hora de echar luz sobre sus defectos más evidentes.
En “Cómo convertirse en escritora”, uno de los cuentos de su primer libro (Autoayuda,1985), la escritora neoyorquina aconseja lo siguiente:
"Primero, trata de ser algo, cualquier cosa pero otra cosa. Estrella de cine/astronauta. Estrella de cine/misionera. Estrella de cine/maestra jardinera. Presidente del mundo. Es mejor si fracasas cuando eres joven –digamos, a los catorce-. Una desilusión temprana, crítica es necesaria para que a los quince puedas escribir largas oraciones en forma de haiku sobre el deseo que no se realiza (…) Muéstraselo a tu mamá. Ella es dura y práctica. Tiene un hijo en Vietnam y un esposo que tal vez tenga una amante. Cree en usar marrón porque eso no deja ver las manchas. Mirará con rapidez lo que escribiste, después te mirará a ti de nuevo con la cara vacía como un donut. Dirá:
-¿Qué te parece si vacías el lavaplatos?
Desvía la vista. Empuja los tenedores dentro del cajón. Accidentalmente, rompe uno de los vasos que dan gratis en las estaciones de servicio. Esto es el dolor y el sufrimiento que se requieren. Esto sólo para empezar.”
En la obra de esta autora –y quizá es por eso considerada una de las legítimas legatarias de Carver, precisamente- algo siempre se está terminando. Aún cuando se trate de un romance flamante (“siéntete descubierta, reconfortada, necesitada, amada, y empieza, a veces, de alguna forma, a sentirte aburrida”). Aún cuando se trate de uno enraizado (“despiértate una mañana con un hombre con el que creías que ibas a pasar el resto de tu vida, y date cuenta, una roca en la boca del estómago, de que en realidad ni siquiera te gusta”).
Por detrás de descripciones, magistralmente alcanzadas más allá de cualquier simple adjetivación (“tenía el pelo confiado y los cosméticos de una mujer que ha vivido en New York, una mujer que sabe con enorme cansancio cómo hacer el nudo de una bufanda”), y relatos siempre plácidos y ágiles, todo es ironía –de la más chispeante y cruda- para echarnos en cara que la soledad existencial es inevitable. Una certidumbre que la protagonista de algún cuento, en brazos del insomnio, nos brinda así:
“Algún día, como todo el mundo, este hombre al que realmente amas, va a morirse. No importa lo mucho que lo ames, no puedes salvarlo. No importa lo mucho que lo ames: nada, nadie, dura”.
Sus características: disecciona el discurso multicultural construido desde la clase blanca y enumera sus contradicciones y efectos perversos; desnuda a una generación -ahora en la cuarentena- de sus defectos y sus contradicciones; denuncia las prácticas inmorales de un sistema político que utiliza la desesperanza y desorientación de sus generaciones más jóvenes para nutrir sus guerras de mano de obra gratuita; o ensalza el espíritu de sacrificio y de trabajo denodado de las familias norteamericanas, si bien no le tiembla la mano a la hora de echar luz sobre sus defectos más evidentes.
En “Cómo convertirse en escritora”, uno de los cuentos de su primer libro (Autoayuda,1985), la escritora neoyorquina aconseja lo siguiente:
"Primero, trata de ser algo, cualquier cosa pero otra cosa. Estrella de cine/astronauta. Estrella de cine/misionera. Estrella de cine/maestra jardinera. Presidente del mundo. Es mejor si fracasas cuando eres joven –digamos, a los catorce-. Una desilusión temprana, crítica es necesaria para que a los quince puedas escribir largas oraciones en forma de haiku sobre el deseo que no se realiza (…) Muéstraselo a tu mamá. Ella es dura y práctica. Tiene un hijo en Vietnam y un esposo que tal vez tenga una amante. Cree en usar marrón porque eso no deja ver las manchas. Mirará con rapidez lo que escribiste, después te mirará a ti de nuevo con la cara vacía como un donut. Dirá:
-¿Qué te parece si vacías el lavaplatos?
Desvía la vista. Empuja los tenedores dentro del cajón. Accidentalmente, rompe uno de los vasos que dan gratis en las estaciones de servicio. Esto es el dolor y el sufrimiento que se requieren. Esto sólo para empezar.”
En la obra de esta autora –y quizá es por eso considerada una de las legítimas legatarias de Carver, precisamente- algo siempre se está terminando. Aún cuando se trate de un romance flamante (“siéntete descubierta, reconfortada, necesitada, amada, y empieza, a veces, de alguna forma, a sentirte aburrida”). Aún cuando se trate de uno enraizado (“despiértate una mañana con un hombre con el que creías que ibas a pasar el resto de tu vida, y date cuenta, una roca en la boca del estómago, de que en realidad ni siquiera te gusta”).
Por detrás de descripciones, magistralmente alcanzadas más allá de cualquier simple adjetivación (“tenía el pelo confiado y los cosméticos de una mujer que ha vivido en New York, una mujer que sabe con enorme cansancio cómo hacer el nudo de una bufanda”), y relatos siempre plácidos y ágiles, todo es ironía –de la más chispeante y cruda- para echarnos en cara que la soledad existencial es inevitable. Una certidumbre que la protagonista de algún cuento, en brazos del insomnio, nos brinda así:
“Algún día, como todo el mundo, este hombre al que realmente amas, va a morirse. No importa lo mucho que lo ames, no puedes salvarlo. No importa lo mucho que lo ames: nada, nadie, dura”.
viernes, 17 de septiembre de 2010
Cheeverianas
El universo de John Cheever (1912 - 1982) está formado por la clase media norteamericana, puesta por el autor bajo un microscopio para conseguir hacer un retrato de la manera que tiene de entender la vida y cuáles son sus vicios, sus miserias, sus infelicidades, sueños destruidos, especialmente sobre su día a día.
Lo que hace Cheever es mirar a sus personajes tan de cerca que la aparente normalidad de sus vidas y sus actitudes caen por su propio peso y muestran lo extraordinario.
Si bien es cierto que los estadounidenses parecieran tener una inclinación frecuente en apodar de “Chejóv” a cada escritor de cuentos que tiende a descollar entre sus pares, -y esto también ha ocurrido con John Cheever, a quien con frecuencia se le da el mote del "Chejov de los barrios residenciales", en su caso lo paradigmático es la detección de la grieta que se esconde bajo el interior reluciente, y el manejo de la ironía. Los cuentos de Cheever suelen terminar como empezaron. Después de explorar la grieta del hogar, el narrador agarra la brocha y disimula las fisuras con una mano de pintura. Un párrafo que restablece el orden o, mejor, devuelve a los personajes al utópico refugio familiar.
Lo llamativo es la honestidad con que Cheever explora en los escondrijos del deseo. En esa humanidad radica buena parte de la universalidad de Cheever. Sus personajes están lejos de la consecuencia, pero el autor bien sabía que él no era mucho mejor que ellos. Son los claroscuros los que los vuelven reconocibles..
Su maestría para el relato fue reconocida por sus contemporáneos y hoy se le considera un clásico del género.
La escritura de Cheever ha bebido sin duda del caudal de algunos autores de la "generación perdida", especialmente de Hemingway y Scott Fitzgerald.
Sus relatos pueden llegar a producir un tipo muy concreto de horror. Porque el mal acecha la vida cotidiana, que consideramos pacífica y segura, pero que siempre está a punto de venirse abajo. Emplea para transmitir este desasosiego frases breves, claras y concisas, una sutil ironía no desprovista de cierta acidez, y compone escenas memorables que, unidas a sus personajes extravagantes, ricos, entrañables, atormentados, producen un vuelco en la sensibilidad del lector.
Lo que hace Cheever es mirar a sus personajes tan de cerca que la aparente normalidad de sus vidas y sus actitudes caen por su propio peso y muestran lo extraordinario.
Si bien es cierto que los estadounidenses parecieran tener una inclinación frecuente en apodar de “Chejóv” a cada escritor de cuentos que tiende a descollar entre sus pares, -y esto también ha ocurrido con John Cheever, a quien con frecuencia se le da el mote del "Chejov de los barrios residenciales", en su caso lo paradigmático es la detección de la grieta que se esconde bajo el interior reluciente, y el manejo de la ironía. Los cuentos de Cheever suelen terminar como empezaron. Después de explorar la grieta del hogar, el narrador agarra la brocha y disimula las fisuras con una mano de pintura. Un párrafo que restablece el orden o, mejor, devuelve a los personajes al utópico refugio familiar.
Lo llamativo es la honestidad con que Cheever explora en los escondrijos del deseo. En esa humanidad radica buena parte de la universalidad de Cheever. Sus personajes están lejos de la consecuencia, pero el autor bien sabía que él no era mucho mejor que ellos. Son los claroscuros los que los vuelven reconocibles..
Su maestría para el relato fue reconocida por sus contemporáneos y hoy se le considera un clásico del género.
La escritura de Cheever ha bebido sin duda del caudal de algunos autores de la "generación perdida", especialmente de Hemingway y Scott Fitzgerald.
Sus relatos pueden llegar a producir un tipo muy concreto de horror. Porque el mal acecha la vida cotidiana, que consideramos pacífica y segura, pero que siempre está a punto de venirse abajo. Emplea para transmitir este desasosiego frases breves, claras y concisas, una sutil ironía no desprovista de cierta acidez, y compone escenas memorables que, unidas a sus personajes extravagantes, ricos, entrañables, atormentados, producen un vuelco en la sensibilidad del lector.
miércoles, 8 de septiembre de 2010
El cuento norteamericano.
El próximo tema del taller se abocará a la revisión de la narrativa breve norteamericana a partir de la producción de la segunda mitad del siglo XX. Se trata de una de las cuentísticas más diversas e innovadoras del género surgidas luego de las posguerra por su riguroso realismo, su visión crítica, su capacidad iluminadora de los movimientos sociales que ocurrirían luego de la posguerra.
Analizaremos con una lectura crítica cómo los relatos examinados interpelan a la sociedad en que vivimos desde la perspectiva de sus aspectos simbólicos, alegóricos o bien satíricos, todos rasgos muy presentes en esta narrativa y que se proyectan en nuestra sociedad actual.
Para cada relato examinado estudiaremos la contextualización del relato, tanto temporal como geográfica (no es lo mismo un cuento neoyorkino que uno del medio oeste), las características biográficas del autor, su circunstancia, influencias literarias, a fin de desentrañar las pulsiones que subyacen a dicha escritura. La idea es abrir una discusión en torno a ciertos tópicos en un rango de diálogo que trasciendan lo meramente literario y de la cual se puedan extraer conclusiones que afectan a nuestra realidad de hoy.
Y para empezar, abriremos el próximo lunes con Raymond Carver.
Analizaremos con una lectura crítica cómo los relatos examinados interpelan a la sociedad en que vivimos desde la perspectiva de sus aspectos simbólicos, alegóricos o bien satíricos, todos rasgos muy presentes en esta narrativa y que se proyectan en nuestra sociedad actual.
Para cada relato examinado estudiaremos la contextualización del relato, tanto temporal como geográfica (no es lo mismo un cuento neoyorkino que uno del medio oeste), las características biográficas del autor, su circunstancia, influencias literarias, a fin de desentrañar las pulsiones que subyacen a dicha escritura. La idea es abrir una discusión en torno a ciertos tópicos en un rango de diálogo que trasciendan lo meramente literario y de la cual se puedan extraer conclusiones que afectan a nuestra realidad de hoy.
Y para empezar, abriremos el próximo lunes con Raymond Carver.
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