El tiempo y el espacio del taller de lectura plasmado para:



leer de diferentes maneras (por arriba, por abajo, entre líneas, a fondo, participando del texto, recreándolo),



dar cuenta de los procesos culturales en que surgen y son comprendidas o cuestionadas las obras literarias,



pensar (discutiendo, asombrándose, dejándose llevar por lo que los textos nos dicen -pero parece que no dijeran-),



y por sobre todas las cosas, y siempre, disfrutar de la buena literatura.








sábado, 26 de mayo de 2012

Brasil y los múltiples Brasiles



L
a diversidad de paisajes, de geografías (selvas frondosas, ríos intensos, la inmensidad del sertão), de mestizaje,  regionalismos,  logran una unidad que pasa por la lengua: el portugués brasileño. 
Hablada por la totalidad de sus habitantes,  les proporciona cohesión e identidad.

A través de la lengua, de la lengua escrita, a través de la literatura y las diferentes corrientes que han marcado cada época o que han seguido los escritores, se puede ir develando la formación de esa identidad.

Como ya hemos trabajado en otras regiones latinoamericanas, en Brasil -tras la independencia en 1822- los escritores fueron atravesando etapas similares a las del resto de América:

  • El Romanticismo y más tarde el Naturalismo. Ambas corrientes contribuyeron a sentar la imagen de los trópicos y grupos étnicos, del colonizador y del esclavo.
  • El movimiento Regionalista, que da testimonio de cada región;
  • el Modernismo, que quería poner de manifiesto el Brasil profundo,
  • y, más recientemente, el Tropicalismo, dando paso a toda expresión de la cultura sin crear una jerarquía entre ellas. 
Tarsila do Amaral (Brasil, 1886-1973) 
Pero en la literatura brasileña contemporánea la realidad de Brasil se ha vuelto más compleja y múltiple. 

Las nuevas generaciones de autores hablan de la sociedad brasileña pero muchos de ellos se oponen a esa visión siempre exótica de Brasil, y se abren a nuevas reflexiones.  

En parte las nuevas generaciones enfrentan el conflicto de ser absolutamente brasileños pero sin identificarse con las cosas que parecen ser brasileñas, y se oponen a que la cultura termine reducida a estereotipos muy marcados.

 (Fuente: Literatura, identidad y autores del Brasil actual, Óscar Checa)






E
mpecemos el recorrido por algunos de los autores con los que trabajaremos.



J
oaquim Maria Machado de Assis (1839-1908)

Además de poeta (Crisálidas, 1864), es ante todo un narrador realista, con un poco más de pesimismo que de escepticismo (Memorias póstumas de Braz Cubas, 1880; Quincas Borba, 1891; Dom Casmurro, 1900).


Hijo de un mulato descendiente de esclavos libertos, y de una lavandera portuguesa de las islas Azores, Machado de Assis pasó su infancia en la Ladeira Nova do Livramento, donde su familia vivía a jornal. 
No frecuentó la escuela regular, pero, en 1851, cuando murió su padre, su madrastra Maria Inés, que por entonces vivía en San Cristóbal, empezó a trabajar como dulcera en un colegio del barrio, y Machadinho, como le llamaban, se hizo vendedor de dulces. En el colegio tuvo contacto con profesores y alumnos, y es probable que asistiese a las clases cuando no estaba trabajando.

Aún sin tener acceso a las clases regulares, se empeñó en aprender y llegó a convertirse en uno de los mayores intelectuales del país.

Machado de Assis inició su carrera trabajando en periódicos y en la imprenta oficial de Río de Janeiro y a los quince años se estrenó en la literatura, con la publicación del poema «Ela». Continuó colaborando intensamente en periódicos, como cronista, cuentista y crítica literario, alcanzando respeto como intelectual incluso antes de convertirse en un gran novelista.

En 1881 abandonó definitivamente el romanticismo de la primera fase de su obra y publicó Memorias póstumas de Blas Cubas, que marca el inicio del realismo en Brasil.

 En esta segunda etapa, las características principales de sus obras son la introspección, el humor y el pesimismo en relación a la esencia del hombre y su relación con el mundo.

Susan Sontag afirmaba su admiración por  Machado de Assis como uno de los mayores escritores de siglo XIX y, para ella,  el mejor de América Latina.
Asimismo Machado de Assis es para Harold Bloom “el más destacado discípulo de Laurence Sterne en el nuevo mundo”.

Artista imaginativo y astuto, inquieto y perseverante, fuera de Brasil apenas se conocen sus novelas más famosas o su relato largo El alienista, pero para nada sus más de doscientos cuentos, a pesar de que se encuentra entre los fundadores modernos del género.

Habla de la envidia, la codicia, la infidelidad o la cólera como realidades que disecciona con curiosidad. Pero nunca pretende moralizar ni adoctrinar sino dar cuenta de su observación. Por lo demás, siempre aparecen el humor o la ironía que quitan pesimismo a lo que observa.

No se limita a utilizar el clásico punto de vista realista. Algunos cuentos suyos disparatan alrededor de una teoría extravagante sobre el alma, en otros puede imitar el estilo bíblico o el de las crónicas renacentistas, contar una historia a partir de una charla de café o de un testamento estrafalario. 

Como  Borges, Machado de Assis se siente deudor de toda la tradición cultural occidental, a la vez que de cosas puramente locales.
Capta detalles de la buena sociedad fluminense que aparecen con la ensoñación, la locura, la necesidad de  escapar de la mediocridad mediante las ilusiones.

Trabajaremos su cuento Misa de gallo.




C
arlos Drummond de Andrade (1902-1987).

“…La vida escurre la boca,
mancha las manos, la vereda.
La vida es gorda, oleosa, mortal, subrepticia”.

 (Fragmento del poema Pasaje del año)

Tarsila do Amaral (Brasil, 1886-1973).

 Considerado por muchos el más grande de la literatura brasileña contemporánea, nació en Itabira, población minera de Minas Gerais, en 1902. 

Fue un periodista prolífico desde sus inicios como escritor; de hecho, en esa actividad fue ubicado al inicio de su carrera literaria. Posteriormente,se vio relacionado con el movimiento modernista brasileño en la etapa de los llamados poetas de la generación del 45, escritores marcados por el fin de la Segunda Guerra Mundial y de la dictadura de Getúlio Dornelles Vargas.

Producto de esas nuevas tendencias, ya su poema "En medio del camino" escandalizó al mundo literario por la ruptura con la normativa.

En 1940 aparece Sentimento do mundo, la tercera obra poética de Carlos Drummond de Andrade, con  poemas producidos entre 1935 y 1940. Llevan la mirada del poeta sobre el mundo que lo rodea, tendiendo a una política crítica y significativa. 

Escrito en la etapa donde el mundo se estaba recuperando de la Primera Guerra Mundial pero era ya inminente la Segunda Guerra, con la imposición del Estado Novo de Getulio Vargas y el crecimiento del nazi-fascismo, podemos ver la lucha en Drummond, la defensa, la palabra de las atrocidades que el mundo parecía aceptar.

Veamos, (y escuchemos) el  poema José: http://www.youtube.com/watch?v=R_4NS50okUc

En él Drummond se pregunta sobre el significado de la existencia y el mundo: escrito durante la dictadura de Vargas, José -como el mismo poeta-, a pesar de  todo tiene el impulso para seguir adelante. Aún sin saber adónde, como pregunta al final del poema, (que terminó filtrándose en la fraseología del pueblo,  -llegando a clausurar más de una asamblea política-):


Homenaje a Drummond en Copacabana.
E agora José?

¿Y ahora, José? La fiesta se acabó, la luz se apagó, el pueblo perdió, la noche enfrió, ¿y ahora, José? ¿y ahora, usted? ¿Usted que es sin nombre, que se burla de los otros, usted que hace versos, que ama, protesta? ¿Y ahora, José?

Está sin mujer, está sin cariño, está sin discurso, ya no puede beber, ya no puede fumar, ya no puede escupir, la noche enfrió, no veo el día, no veo el tranvía, no veo la risa, no veo la utopía, y todo acabó, y todo huyó, y todo burló, ¿y ahora, José?

¿Y ahora, José? su dulce palabra, su instante de fiebre, su gula y ayuno, su biblioteca, su labranza de oro, su terno de vidrio, su incoherencia, su odio - ¿y ahora? Con la llave en la mano, quiere abrir la puerta, no existe puerta; quiere morir en el mar, pero el mar se secó; quiere ir para Minas, Minas no hay más. José, ¿y ahora?

Si usted gritara, si usted gimiera, si usted tocara el vals vienés, si usted durmiera, si usted se cansara, si usted muriera... Pero usted no muere, ¡usted es duro, José!

Solito en lo oscuro sin teogonía, cual bachaco, sin pared alguna para recostarse, sin caballo negro que huya al galope, ¡usted marcha, José! José, ¿adónde?

Desde sus primeros libros la poesía de Drummond se destacó por  su calidad; es auténtica, legítima y grande. Siempre mantuvo una estrecha relación con la gente ejerciendo el poema y su prosa de prensa.






J
oão Guimarães Rosa (1908 - 1967)
Fue médico, escritor y diplomático, autor de novelas y relatos breves en que el sertón (sertão) es el marco de la acción. Fue miembro de la Academia Brasileña de Letras, y su obra más influyente es Gran Sertón: Veredas (Grande Sertão: Veredas, 1956).

Autodidacta, de niño estudió varios idiomas, empezando por el francés, cuando todavía no había cumplido los siete años. Llegó a ser un políglota asombroso; en una entrevista declaró: 

“hablo alemán, francés, inglés, español, italiano, esperanto, un poco de ruso; leo sueco, holandés, latín y griego (pero con el diccionario a mano); entiendo algunos dialectos alemanes; estudié la gramática del húngaro, del árabe, del sánscrito, del lituano, del polaco, del tupi, del hebreo, del japonés, del checo, del finlandés, del danés; curioseé algunas otras.”

Comenzó a ejercer la medicina en Itaguara, (Minas Gerais). Es en esta localidad donde tiene contacto por primera vez con el mundo del sertón, tan presente en su obra literaria. Participó como voluntario en la revolución de 1932. 

Se desempeñó como diplomático en distintos países y ayudó a muchos judíos a escapar de la persecución del régimen de Hitler, por lo que en 1942 fue hecho prisionero de las autoridades alemanas durante algunos meses.

Fue elegido por unanimidad miembro de la Academia Brasileña de Letras en 1963, en su segunda candidatura. No tomó posesión hasta 1967, y falleció tres días más tarde, el 19 de noviembre, en la ciudad de Río de Janeiro. Si bien el certificado de defunción atribuyó su fallecimiento a un infarto, su muerte continúa siendo un misterio inexplicable, sobre todo por estar previamente anunciada en Gran Sertón: Veredas, novela calificada por el autor de "autobiografía irracional".

Desde su primera publicación, el volumen de cuentos Sagarana (1946), comienza a perfilarse su estilo, que se propone transformar y renovar el uso de la lengua portuguesa mediante un gran número de profundas innovaciones lingüísticas. 

El material de origen regional es usado para una interpretación mítica y psicológica de la realidad. 

En la obra de Guimarães Rosa el personaje no es simplemente un hombre de la región de Minas Gerais, es el propio ser humano que se enfrenta a sus problemas existenciales: Dios, el diablo, el destino, la lucha entre el bien y el mal, la muerte, el amor.

La tercera margen del río.

Este cuento inspiró una canción de Caetano Veloso y Milton Nascimento, 
una película del llamado Cinema novo; dos poemas de Zé Estrangeiro: Terceira margen y O sonho de Guimaraes, 
y el cuento de Julieta Motta, La tercera orilla.

Guimaraes Rosa trabaja con elipsis, utiliza verbos que dan un determinado descontrol a frases que, sin embargo, permanecen legibles, y además tiene un oído sorprendente para percibir el habla minera. 

Por ese motivo este cuento, con tanta carga de la oralidad, de lo narrado, es uno de esos que  oyéndolos podemos descifrarlos mejor.

El escenario de todas sus narraciones es casi siempre el  sertão de Minas Gerais, la altiplanicie mítica del Brasil.
Cada uno de sus personajes centrales siempre es sacudido por un evento, sacudida que nace en lo local, lo regional, y que precisamente por su enraizamiento puede validarse en otras latitudes.
En una carta a su traductor al alemán, Curt Meyer-Clason, Guimaraes Rosa reivindicaba ese misterio cósmico rebelde a la lógica, esa mistificación que precisamos por lo oscuro, por todo lo que revela.

Es la “estória” de un padre de familia sertanejo que  manda a construir una canoa para un día internarse en el río para siempre, en busca de la “tercera margen del río”. El relato está narrado en una primera persona confesional en la voz de su hijo quien no puede superar la partida del padre y “falla” a la hora de reemplazarlo en la canoa.

El padre se hace significante para este hijo al inventar un lugar. En ese ámbito (ni lejos ni cerca, ni en esta orilla ni en la otra, suspendido en la mitad del río), se puede tener trato con él, pero caído de ese territorio, domina para el hijo la indiferencia de su cercanía o el terror de su abandono.

El río refleja el flujo incesante de la vida. En ese movimiento irrefrenable, Guimaraes Rosa sitúa la presencia de un padre. Y allí, ni la corriente impetuosa del río lo arrastra, ni  -a partir de su presencia- el curso de las aguas se detiene. Embarcado en su canoíta, suspendido en medio del río, el padre da fundación -y se sostiene- en la "tercer margen del río". 

El hijo, que narra las alternativas de esta ocurrencia paterna, comenta que su padre se mete en su canoíta, suelta la soga que la mantenía amarrada a la orilla, y deja que la pequeña embarcación se empiece a alejar, "proyectando la sombra alargada de un yacaré..." Y agrega: “Nuestro padre no volvió. Pero, en realidad, no se había ido a ninguna parte”.

Un padre, entonces, que se va pero que no se aleja, que inventa un lugar, ni muy próximo ni demasiado alejado, un lugar en donde alojar una experiencia que obliga a pensarlo.

Podemos pensar a la canoa como la tercera margen misma del río, su invención para no quedarse ni junto ni distante de la familia. El padre rema contra la corriente y se mantiene con vida de esa manera, es decir, no se lo lleva el mar. Hace lo contrario de lo “corriente”, lo esperado, lo común.

El hijo desea, sin duda, parecerse al padre pero nunca llega a ocupar su lugar en la canoa. Y, por ello, arrecia en él una culpa enorme, culpa y deuda ya que es el hijo quien alimenta al padre (si bien con restos de comida “dejados” a propósito por la madre): y en cuanto alimenta al padre, nunca deja de ser hijo. En la medida en que piensa en pagar la deuda que tiene con el padre, nunca llegará a ser como él.

Y es, de hecho, el hijo quien queda apresado en el medio, en otra tercera margen, entre la decisión del padre que toma un camino y la de su familia que toma otro. 

El hijo se queda esperando al padre que nunca podrá llegar a ser, pero tampoco podrá llegar a ser el otro modelo: la madre.

En el texto se dejan translucir al menos cuatro interpretaciones explícitas del enigma de la partida del padre:

1) locura;
2) el pago de una promesa;
3) una enfermedad como, por ejemplo, la lepra;
 4) el padre es el profeta de un apocalipsis (como Noé con su arca). Hay alguien que sabe en el texto, es decir, la verdad está allí. Pero ese “alguien”, ese personaje, está muerto: el fabricante de la canoa.

El río que es escenario de éste y de muchos otros relatos del autor es el río San Francisco, río que el autor amaba con especial devoción, río que ha sido llamado “de la integración nacional”, más allá de su pasión por la figura del “río” en general, como elemento básico de la aventura, del viaje.

Guimaraes Rosa dijo una vez en una entrevista que le habría gustado ser como un cocodrilo viviendo en el río San Francisco porque el cocodrilo es como un maestro de la metafísica, porque para él cada río es un océano, un mar de sabiduría. 

Y también dijo muchas veces que amaba los grandes ríos del Brasil porque representaban la eternidad, que la misma palabra “río” era una palabra mágica para conjugar la eternidad. Aquí tenemos entonces que ese cocodrilo podría ser el hombre con su canoa en busca de esa sabiduría metafísica que se logra en la eternidad de la esencia del río, de la figura del río.

Le gustaban los enigmas, decía que descifrar misterios divertía y ejercitaba el cerebro. Tal vez por ello muchos de sus cuentos tengan esta estructura que se resuelve en lo insólito, en la sorpresa de una decisión inesperada y, sobre todo, inexplicable en términos exclusivamente racionales. Hay un enigma en cada cuento y un enigma también detrás de cada resolución de cada cuento.

Retomando la canción homónima de Caetano, también es posible una reflexión sobre el lugar y poder de la palabra y los silencios en el cuento. 

Y de las “margens da palabra”: para Caetano la palabra está hecha de agua callada, pura, iluminadora “entre as escuras duas”: el río es su casa porque allí “o silencio mora”. Es decir, tenemos aquí otra tercera margen, la del “río adentro”, el río mismo como tercera margen del río.

El hijo termina el cuento pidiendo un perdón, en su confesión religiosa, que lo “depositen” antes de morir en el camino a lo infinito y perpetuo, en lo infinito y perpetuo.



C
larice Lispector, (1925-1977).

Clarice Lispector, hija de padres rusos, nació en Ucrania, en 1925, cuando sus padres ya habían decidido emigrar a Brasil. Con dos meses de edad llegó a Alagoas y desde ahí la familia se trasladó a Recife; a partir de 1937 siguió sus estudios en Río de Janeiro. 

Para 1943, cuando estudiaba derecho, se une en matrimonio con el diplomático Maury Gurgel Valente, de quien tuvo dos hijos y se separó en 1959. Entre 1944 y 1960 vivió largas temporadas en el extranjero, Nápoles, Berna y EUA. Siempre se mantuvo en contacto con los medios de prensa y comunicación. Finalmente falleció en 1977 a los cincuenta y dos años.

Vivió en años de muchos cambios:
es la época del Manifiesto del Surrealismo de 1924, la gran depresión de los años treinta, la guerra civil española, la Segunda Guerra Mundial, la época de Kennedy y Marilyn Monroe y con ellos, son los años sesenta y sesenta, época de los hippies, el Che Guevara, The Beatles, The Rolling Stones, del boom latinoamericano.



Clarice Lispector publicó una abundante obra literaria que va desde las crónicas periodísticas, novelas, cuentos y la literatura infantil, por mencionar algunas obras podemos decir que su primera novela, Cerca del corazón salvaje (Perto do coraçao selvagem, 1944) la publicó cuando tenía sólo 19 años de edad, luego publicó La ciudad sitiada (A Cidade Sitiada, 1949); los cuentos Lazos de familia (Lacos de familia, 1960); La manzana en la ocurrida (A maca no escuro, 1961); La legión extranjera (A legiao estrangeira, 1964) y La pasión según G.H. (A paixao segundo G.H., 1964), entre otras más.
  
La vida de Clarice Lispector se puede analizar desde muchas y diversas perspectivas ya que la escritora brasileña demostró ser una gran narradora, que se adelantó a su tiempo y a su época. 

Florencia Abbate analizando su libro Revelación de un mundo: Crónicas de la vidente (2004) sostiene lo siguiente:

“Lispector fuerza el género a su antojo, hasta transformarlo en un medio de plena expresión de su subjetividad. Un tono menor para una empresa mayor: la más absoluta libertad de temas —como señala Amalia Sato en el prólogo— y la omnipresencia de su yo conflictuado. 

Para Lispector, la descripción de sus mucamas merece la misma atención que una carta dirigida a un ministro. Condena la matanza de los indios y comenta la opinión de un terapeuta sobre ella. 

Declara que las víctimas no deben perdonar a los verdugos sino ejercer su crueldad, al tiempo que celebra los pequeños placeres de la intimidad burguesa (la cama, la buena comida, el jardín). 

¿Compromiso social?, ¿frivolidades? No hay contradicción alguna, por un lado porque la fuerza de su estilo borra toda distinción, y por otro porque el fundamento de lo heterogéneo se resume en el título de una de sus crónicas: ‘Me hago cargo del mundo’ ” (Abbate, F.).

Aída Toledo, en su ensayo Visiones discursivas a partir de un canon alternativo: Clarice Lispector, Diamela Eltit y Eugenia Gallardo y el cómo narrar desde espacios femeninos, señala varios aspectos sumamente importantes sobre la obra de Clarice Lispector: 

“Clarice Lispector es una de las primeras en iniciar el trabajo del desplazamiento del sujeto dentro de una  perspectiva femenina. Sus personajes, en la mayoría mujeres, van perfilándose dentro de mundos que las distinguen por su capacidad de observación y análisis. El conocimiento filosófico de Lispector entra en la conformación de estos personajes que suelen exhibir a través del fluir de conciencia las preocupaciones de sujetos femeninos y enmarcar las diferencias entre la realidad que las circunda, y el discurso que las produce”.

(Fuente: Clarice Lispector y la (re)lectura de su personalidad ante las tendencias narrativas de América Latina y el Brasil artístico contemporáneo, de Iván Segarra Báez).



R
ubem Fonseca (1925).
 Escritor y guionista del cine brasileño, estudió Derecho y se especializó en Derecho Penal. No fue hasta los 38 años de edad que decidió dedicarse de lleno a la literatura. 
Antes de ser escritor de tiempo completo, ejerció varias actividades, entre ellas la de abogado litigante. 

En 2003, ganó el Premio Camões, el más prestigiado galardón literario para la lengua portuguesa, y en 2004 recibió el Premio Konex Mercosur a las Letras.

En 1952 inició su carrera en la policía, como comisario en el Distrito Policial de São Cristóvão, en Río de Janeiro. 

Muchos de los hechos vividos en aquella época y de sus compañeros de trabajo están inmortalizados en sus libros. La mayor parte del tiempo en que trabajó, hasta ser exonerado en 1958, fue un policía de oficina, cuidando del servicio de relaciones públicas...

En junio de 1954 recibió una beca para estudiar y después dar clases sobre ese tema en la Fundación Getúlio Vargas, en Río de Janeiro. 

En la Escuela de Policía se destacó en psicología. Rubem veía, debajo de las definiciones legales, las tragedias humanas y conseguía resolverlas. 

Fue elegido junto con otros nueve policías cariocas para especializarse en Estados Unidos. Más adelante, mientras litigaba a favor de hombres que caían injustamente en manos de la justicia -por lo general negros-, Fonseca intentó conseguir un puesto como juez. 
Fue durante esta etapa en la que pudo observar de cerca la corrupción y la violencia, tanto entre ciudadanos como la del Estado hacia éstos, lo cual sería crucial para el desarrollo de su estilo narrativo.

Romeo Tello Garrido,  crítico y profesor de literatura de la UNAM,  en  La violencia como estética de la misantropía en la obra de Rubem Fonseca, nos cuenta que  según el propio Fonseca, para su fortuna no tuvo que recorrer el penoso camino que significa andar tocando las puertas de las editoriales con el manuscrito bajo el brazo esperando que alguna se interese en un escritor desconocido, sino que un amigo suyo leyó los cuentos, le gustaron, le pidió permiso para llevarlos a una editorial y de pronto se encontró con que su libro ya estaba publicado. 

A este libro siguieron otros dos, también de cuentos: El collar del perro (1965) y Lúcia McCartney (1967). En estos relatos aparecen ya muchos de los aspectos característicos de las obras de Fonseca: en la mayoría de los casos se trata de historias sórdidas, algunas apenas esbozadas, otras desarrolladas de manera minuciosa, pero todas planteadas con un realismo desnudo y estrujante; también desde estos primeros cuentos podemos advertir la creación de personajes marginales, comunes aunque llenos de complejidad, pues la mayoría de las veces están conscientes de su marginalidad, conciencia que se traduce en la elaboración de un discurso crítico de las diversas manifestaciones de la existencia en sociedades que anulan cualquier forma de expresión de la individualidad. 

Llama la atención el hecho de que esta actitud crítica las más de las veces se expresa de manera implícita, sin necesidad de acudir a enfrentamientos maniqueos, por lo que en la mayoría de sus obras siempre resulta difícil identificar dónde se encuentran los valores éticos, ya que Fonseca nunca los presenta como conceptos absolutos, sino como ingredientes ambiguos de la existencia.


En octubre de 1975 apareció publicado Feliz año nuevo.
Ya para entonces Fonseca era reconocido como uno de los más importantes renovadores de la moderna literatura brasileña;
sin embargo la publicación de este libro de cuentos acarreó algunos problemas graves al autor, pues en diciembre  del  siguiente  año  fue retirado de circulación por el Departamento de Policía Federal, que prohibió además su publicación y circulación en todo el territorio del Brasil. 

En abril de 1977, Rubem Fonseca inició un proceso para rescatar su libro de la censura impuesta, proceso que duró doce años.

La causa de semejante respuesta por parte de la censura oficial es fácil de identificar: en Feliz año nuevo, Rubem Fonseca vuelve a expresar su preocupación por la temática ya central de su obra: la violencia. 

Se trata de un libro en el que de manera inequívoca nos muestra que la opción por tratar estos temas no es el resultado de las obsesiones de una mente enferma —como se le quiso presentar—, sino que intenta desmitificar los conceptos que en la actualidad se manejan como únicos cuando se habla de crimen, violencia y pornografía, concepción difundida y amparada por lo que Michel Foucault llamó “el discurso del poder.” 

Hay cuentos admirables, en los que predominan la parodia y la ambigüedad. En este sentido sobresalen varios, uno de ellos el que trabajaremos: “Paseo nocturno”. 

El personaje principal es la violencia urbana, actitud sin dueño, ubicua, ejecutada por un industrial, dueño de una inmejorable posición económica que, ante una vida familiar emocionalmente vacía, decide salir todas las noches a matar personas con su automóvil, pues ha descubierto que la agresión es la única manera como puede relacionarse intensamente con los otros.


S
antiago Nazarian ( San Pablo, 1977)

Este joven escritor, guionista, modelo y DJ, con una experiencia tan variada, aborda diversos temas en sus obras: irreverencia, sexo, excesos… 







Masticando humanos (2006), Feriado de mí mismo (2005), La muerte sin nombre (2004),  Olivio (2003) son parte de su obra. Santiago Nazarian señala que a veces su obra es eclipsada por su biografía nada libresca, y algo de ese romanticismo exacerbado, al mismo tiempo melancólico y deliberadamente kitsch, está siempre presente. 









sábado, 19 de mayo de 2012

Brasil y la tradición literaria portuguesa: Fernando Pessoa



L
a literatura de Brasil es sumamente rica, pero poco conocida en América Latina, (salvo algunas excepciones). Está formada por  la particular mezcla cultural de pueblos nativos (antes de la conquista alrededor de mil lenguas de diversas etnias en el enorme territorio brasileño), población negra (con numerosas lenguas y culturas africanas que llegaron a través del tráfico de esclavos), y finalmente la de los europeos emigrados. 

Pessoa, por Luis Badosa

“Brasil es un continente hilado por la lengua”.

Sin embargo ya desde la colonización portuguesa en el siglo XVI, el idioma comienza a ser elelemento aglutinador de tanta diversidad cultural y lingüística, y el mosaico cultural resultante es, por un lado, la aparición de la variedad brasileña del portugués, -que le aporta nuevos términos y también su entonación característica-, y por otro, el carácter particular de su literatura, por esa inseparable relación con la tradición literaria portuguesa



En las últimas Ferias del libro, tanto la  de Bogotá como la de Buenos Aires  contaron con la presencia de escritores brasileños contemporáneos, quienes  admiten estar orgullosos de su lengua por la musicalidad, el ritmo, la multiplicidad de sinónimos que ofrece, los juegos que se pueden hacer con el portugués.  Aceptan que no escriben para ser traducidos, y que cuando sus escritos son llevados a otros idiomas, sus vecinos hispanohablantes llevan la peor parte. En vista de que en Brasil no se incentiva el estudio del español, los textos terminan traducidos al alemán, al inglés o al francés mucho antes de, si es que llegan a, traducirse al castellano. En su país existe el Programa de Apoyo a la Traducción y a la Publicaciones de Autores Brasileños en el Exterior, que difunde la obra de  escritores contemporáneos como Santiago Nazarian, Daniel Galera, Adriana Lisboa, Luiz Ruffato o Bernardo Carvallo, entre otros.
Pero lo preocupante es  que al momento de comercializar el libro de un escritor brasileño, las editoriales buscan temas ‘propios de Brasil’. En ese orden de ideas, los escritores de ese país solo podrían escribir sobre los temas siempre estereotipados de fútbol, samba y favelas,  para ser publicados.





Vamos a organizar el trabajo de la siguiente manera: 

  1. La tradición literaria portuguesa
  2. Los autores brasileños hasta el siglo XX.
  3. Los autores contemporáneos.




L
a tradición literaria portuguesa.



Desde sus inicios situados en la poesía galaicoportuguesa medieval, hasta el premio Nobel de Literatura de 1998, José Saramago, hay una literatura enorme y variada, de la cual vamos a mencionar a dos escritores:

José Maria Eça de Queiroz, (Portugal, 1845 - Francia, 1900), considerado por muchos el mejor escritor realista portugués del siglo XIX. Fue autor, entre otras novelas de reconocida importancia,  de la primera novela realista sobre la vida portuguesa, El crimen del padre Amaro, que se publicaría en 1875 (título original portugués:  O Crime do Padre Amaro: cenas da vida devota). Causó una gran polémica en el momento de su publicación por su denuncia de la hipocresía social y religiosa.


F
ernando Pessoa (Portugal, 1888-1935)


Nos ocuparemos especialmente de Fernando Pessoa, quien no solo es uno de los mayores poetas y escritores de la lengua portuguesa, sino  de la literatura del mundo.

Pessoa, en la ciudad de Lisboa.


Tuvo una vida discreta, centrada en el periodismo, la publicidad, el comercio y, principalmente, la literatura, en la que se desdobló en varias personalidades conocidas como heterónimos. La figura enigmática en la que se convirtió motiva gran parte de los estudios sobre su vida y su obra.
Habiendo vivido la mayor parte de su juventud en Sudáfrica, donde estudió, la lengua inglesa tuvo importancia en su vida, pues Pessoa se ganaba la vida como traductor. Pero por  la noche escribía poesía: No escribía «su» propia poesía, sino la de diversos autores ficticios, diferentes en estilo, modos y voz. Publicó bajo varios e incluso publicó críticas contra sus propias obras firmadas por ellos.
Murió por problemas hepáticos a los 47 años en la misma ciudad en que naciera, dejando una descomunal obra inédita que todavía suscita análisis y controversias.


L
a obra pessoana.
Es uno de los más seductores enigmas de la literatura del siglo XX. La personalidad múltiple del poeta, esa constelación de individuos concentrados en una sola persona, hacen de él una metáfora la identidad humana. Logró aislarse para dejar que aparecieran esos otros que escribieron su obra, el “Drama en gente”, un conjunto de poemas escritos por sus heterónimos que dejó guardado en un legendario y mágico baúl destinado a la posteridad. Fue Pessoa quizás un hermano espiritual de Kafka. Como este, Pessoa decidió llevar una vida solitaria, acaso un poco gris, para darse el tiempo y la libertad de erigir una obra monumental y prodigiosa.

 
“No soy nada.
 Nunca seré nada.
 No puedo querer ser nada.
 Aparte de esto, llevo en mí todos los sueños de 
este mundo...”


Con las palabras  "un baúl lleno de gente"  el escritor italiano Antonio Tabucchi, -un  admirador rotundo de su obra-,  calificó todo lo que Pessoa dejó al morir: un baúl con innumerables páginas que, según un primer recuento, contenía 27,543 documentos.

(En 1979 dichos papeles fueron adquiridos por la Fundación Gulbenkian que los entregó en 1982 a la Biblioteca  Nacional de Lisboa. De ellos sólo una parte han sido publicados).

La grandeza de Fernando Pessoa está en su dimensión metafísica, pero también en la creación genial de un lenguaje y una nueva forma de decir;  y esa transformación radical fue determinante para toda la poesía portuguesa que le siguió.
La escritura de Pessoa, dividida como se sabe entre diversos personajes por él creados —con una biografía, una personalidad, un estilo—, parece concretar la definición contemporánea del yo como lugar de cruce: 

"Viven en nosotros innúmeros;
si pienso o siento, ignoro
 quién es quien piensa o siente.
 Soy tan sólo el lugar
 donde se siente y piensa."

En él coexisten el vanguardista, el empleado gris, el ocultista e iniciado, la querencia alcohólica de la futura gloria nacional...



"El origen de mis heterónimos es el profundo rasgo de histeria que hay en mí", "mi tendencia orgánica y constante a la despersonalización y la simulación".
     Y es cierto que pocos como él han realizado un análisis tan sutil y complejo de las relaciones entre conciencia y sensación, una restitución tan completa del proceso anímico en todos sus rincones: el sosiego y el delirio, el tedio y la angustia.


"Lo que cuenta ahora —escribía Octavio Paz en 1961— no es que los heterónimos hayan sido necesarios para su autor sino si lo son también para nosotros", y aclaraba aun: "la relación entre Pessoa y sus heterónimos no es idéntica a la del dramaturgo o el novelista con sus personajes. No es un inventor de personajes-poetas sino un creador de obras-de-poetas".

El crítico literario estadounidense Harold Bloom lo consideró en su libro The Western Canon ("El canon occidental") el más representativo poeta del siglo XX, junto al chileno Pablo Neruda.


L
os heterónimos.
Se considera que la gran creación estética de Pessoa fue la invención de los heterónimos, que atraviesa toda su obra. Los heterónimos, a diferencia de los pseudónimos, son personalidades poéticas completas: identidades, que, en principio falsas, se vuelven verdaderas a través de su manifestación artística propia y diversa del autor original. Entre los heterónimos, el mismo Fernando Pessoa pasó a ser llamado ortónimo, ya que era la personalidad original.

Los tres heterónimos más conocidos (y también aquellos con mayor obra poética, y por supuesto, personalidades bien definidas y diferentes entre sí), fueron:

  • Álvaro de Campos,
  • Ricardo Reis,
  • y Alberto Caeiro.
  • Un cuarto heterónimo de mucha importancia en la obra de Pessoa fue Bernardo Soares, autor del Livro do Desassossego (Libro del desasosiego), una importante obra literaria del siglo XX. Bernardo es considerado un semi-heterónimo por tener muchas semejanzas con Fernando Pessoa y no poseer una personalidad muy característica ni fecha de fallecimiento, al contrario que los otros tres, que tienen fecha de nacimiento y muerte, con excepción de Ricardo Reis (que no tiene fecha de fallecimiento). Por esa razón el escritor y premio Nobel portugués José Saramago pudo escribir su novela «O ano da morte de Ricardo Reis» (El año de la muerte de Ricardo Reis).
“El poeta es un fingidor.
 Finge tan completamente
Que llega a fingir que es dolor
El dolor que de veras siente”. 

A través de los heterónimos Pessoa encauzó una profunda reflexión sobre la relación entre verdad, existencia e identidad. Este último factor tiene una gran importancia en la famosa naturaleza misteriosa del poeta:
                Con una falta tal de gente con la que coexistir, como hay hoy, ¿qué puede un hombre de sensibilidad hacer, sino inventar sus amigos, o cuando menos, sus compañeros de espíritu?


Pessoa ortónimo.

La principal obra del llamado "Pessoa elemesmo" (Pessoa-él-mismo) es Mensagem, una colección de poemas sobre los grandes personajes históricos portugueses. El libro fue el único publicado en vida del autor. El resto, al baúl. 

Mientras seguimos, los invito a escuchar el poema “Padrão”, de Fernando Pessoa, de ese  libro recién citado, Mensagem, por Caetano Veloso:


(Un padrão -voz portuguesa que significa «padrón»-, era un monolito de piedra rematado por una cruz que llevaba grabadas las armas portuguesas, utilizado por los navegantes portugueses en la era de los Descubrimientos  para hacer valer la soberanía portuguesa en los lugares que descubrían).

Es significativo que en portugués el apellido Pessoa es común, y significa "persona": los hablantes de portugués perciben ese doble sentido.

Ophélia Queiroz, (una joven funcionaria de comercio de 19 años, conocida suya,  cuenta que recibía  correspondencia en la  que Álvaro de Campos le  advierte que Fernando Pessoa no debería ser tomado en serio), creó un heterónimo para Fernando Pessoa: Ferdinand Personne. En francés, "Ferdinand" es el equivalente a "Fernando", y "Personne" significa "persona" (como pessoa, que es «persona» en portugués) y también significa, como adverbio, «nadie».


 

E
l banquero anarquista. Fernando Pessoa   
En este sorprendente relato de 1922, (una de las pocas obras de Pessoa publicadas durante su vida, ya que la gran mayoría fueron publicadas después), Pessoa intenta demostrar si es posible ser a la vez un rico y ladino  banquero, y un anarquista consumado que  lucha por la liberación de la sociedad. 

La producción literaria  pessoana es insólita en verso y en  prosa. El lector  acostumbrado a los versos de Pessoa o a su  más conocido Libro del desasosiego, se asombra  ante una pieza narrativa como El banquero  anarquista, que despliega una feroz diatriba  razonada contra el mito del igualitarismo,  y contra las  posibilidades de emancipación del ciudadano,  e incluso las del individuo. Pero este salto  a la discusión ideológica bajo forma  de narración dialogada entre un sujeto que se  dice banquero y anarquista, y un joven que le escucha  incrédulo, guarda relación con un sector de su obra poco conocido: Pessoa  fue un apasionado comentarista de la vida política portuguesa y europea,  siempre dispuesto a alterar las ilusiones del ciudadano en las modernas  sociedades democráticas.

De esta manera explora lo que él mismo denominaba la "sátira dialéctica", una forma de retorcer las contradicciones humanas hasta el ridículo, donde la doble lectura, el juego dialéctico, la exploración de la contradicción del personaje central del cuento se combinan con la sutileza literaria propia del mayor escritor portugués.






domingo, 6 de mayo de 2012

La ficcionalización de la mentira en Onetti y Felisberto.



F
 elisberto Hernández es un escritor que no se parece a nadie: a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos, es un “francotirador” que desafía toda clasificación y todo marco, pero se presenta como inconfundible al abrir sus páginas, dice Ítalo Calvino en el prólogo a la versión italiana de su obra, en 1974.


 Por otra parte, Cortázar -en el prólogo de La casa inundada y otros cuentos, de Lumen, en 1975-,  entiende que Felisberto “no responde a influencias perceptibles y vive toda su vida como replegado sobre sí mismo, solamente atento a interrogaciones interiores que lo arrancan a la indiferencia y al descuido de lo cotidiano”. 


También destaca, por un lado,  “la llaneza, la falta total del empaque que tanto almidonó la literatura de su tiempo, y por otro, el hecho de que “a Felisberto no se le ocurre nunca reflexionar sobre su país, sobre lo que está sucediendo en el plano histórico, y se diría que su mirada se detiene en las paredes que le rodean, sin esforzarse por extrapolar sus experiencias, por entrar en una estructura de paisaje o de sociedad. Entonces, no paradójicamente aunque algunos puedan pensarlo así, cada uno de sus relatos tiene la terrible fuerza de instalar al lector en el Uruguay de su tiempo, y a mí me basta releerlos para sentirme otra vez en las calles montevideanas, en los cafés y los hoteles y los pueblos del interior donde todo se da como a desgano…”



Felisberto Hernández (1902-1964): Narrador y pianista

A los 9 años comienza sus estudios de piano que profundizará más tarde con el profesor de piano Clemente Colling, que le enseña composición y armonía. A los 16 años, da clases particulares de piano, y comienza a dedicar horas a su práctica musical y a trabajar ilustrando musicalmente películas, pues sus dificultades económicas harán que acepte el empleo de pianista en varias salas de cine mudo. A los 20 años comienza a dar recitales e incluso interpreta algunas obras de su creación.

A los 23 años, Felisberto empezó a publicar; tras la última etapa musical itinerante, abandonó la carrera de pianista dedicándose exclusivamente a la literatura.

Felisberto citaba dos nombres recurrentes en sus lecturas: Henri Bergson y Marcel Proust (también a Kafka). Y es que los cuentos y novelas cortas de Felisberto recrean el mundo de su infancia y juventud, evocan personas que conoció, barrios de Montevideo. Su narrativa se basa en el recuerdo como motor de la escritura, continuando la búsqueda proustiana. 

La construcción de gran parte de sus cuentos se apoya en la reivindicación de lo lateral, y una temática recurrente e interesante es el lugar primordial que le da a los objetos inertes (entre otros, así sucede en El vestido blanco, Las hortensias, El caballo perdido).

Aunque su trabajo de escritor eclipsó su carrera de pianista, su obra entera está impregnada de música, tanto en los temas evocados (un profesor de piano, un recital, un bandoneón), como en la forma de contar, al sugerir emociones con palabras de cierta sonoridad, al transformar el sentido de las palabras en función de los sonidos, al construir partes de su relato como variaciones de un mismo tema musical. 

Para Juan Carlos Onetti, que lo admiraba, su libro más importante era su autobiográfico Por los tiempos de Clemente Colling (1942), más que otros posteriores y famosos, en los que aparecía como más "ingenuo".

Sobre las relaciones complicadas de Felisberto con las mujeres (se casó seis veces), existen dos testimonios de  interés, ya que ambas publicaron notas y correspondencia con el escritor: el de Paulina Medeiros con la que tuvo relaciones entre 1943-47 y  el de Reina Reyes, vinculada del 1954 a 1958.


Pero una circunstancia en especial es sumamente sugerente.  
En París, en su momento de mayor esplendor, conoció a África de las Heras, española, veterana de la Guerra Civil y agente de la KGB a quien se le encomendó seducirlo, por ser Felisberto individualista a ultranza. 
Tras casarse se instalaron en Montevideo donde ella trabajó como espía y finalmente se divorciaron sin que él supiera el papel que había desempeñado (véase la novela de A. Dujovne Ortiz, La muñeca Rusa, Alfaguara, 2009, donde ficcionaliza la relación entre ambos).

Dice Dujovne Ortiz en su novela:

"¿Felisberto supo quién era ella? Los programas radiales de un anticomunismo virulento en los que participó después de su divorcio han conducido a algunos investigadores uruguayos (entre quienes corresponde mencionar al primero, Fernando Barreiro, que descubrió la historia y la hizo pública en 1998 y del que tengo la mayor parte de estos datos) a deducir que acaso el embaucado esposo haya terminado por enterarse. Nada es menos seguro. Felisberto, ya divorciado, no dudó en ayudar a su ex esposa a convertirse en ciudadana uruguaya. Considerando su odio al comunismo, aumentado por el que habría sentido si hubiera descubierto su triste papel de marioneta, de haberse maliciado el engaño no habría contribuido a perpetuarlo. La historia resulta aún más impresionante en la medida en que nos conduce a interrogarnos sobre los alcances de la palabra saber.

Mi hipótesis es que Felisberto, en "Las Hortensias", descubrió lo esencial de la trama en la que estaba envuelto, por no decir enrollado, sin entender de qué trama se trataba pero palpándola con su docena de ojos habituados a la penumbra. No a través del cerebro, sin duda, sino de algún otro órgano de percepción no identificado: un riñón sutil, un páncreas perspicaz. Ojos iluminados por un don premonitorio que también lo condujeron a describir en ese cuento el color de su muerte: cuando Horacio evoca espantado la sangre ennegrecida que oscurece una cara de cera, parecería presagiar el cuerpo de Felisberto, monstruosamente amoratado por la leucemia en el momento de morir.

Para completar la extrañeza, las cenizas de Felisberto Hernández se han perdido. El no tiene ni un noble monumento como África Las Heras, ni una tumbita cualquiera. De modo que no hay dónde colocarle el epitafio que he imaginado para él: "Murió sin saber nada y sabiéndolo todo". Pero no nos preocupemos por eso. ¿Existe alguien a quien ese epitafio no le quede como cortado a medida? La frase puede ser colocada indistintamente sobre todas las tumbas, incluyendo la de África, de la que yo sospecho que murió sabiéndose victimaria y sin saberse víctima", concluye la citada autora.



Felisberto y los objetos.

La relación de los relatos de Hernández con los objetos es muy especial y ha sido muy tratada por la crítica. El mundo aparece como indescifrable; fuerzas lo recorren que no tienen que ver con la voluntad del sujeto; se trata de de algo así como una rebelión espiritual de lo material. El objeto obsede en la medida en que no es trascendido por la acción del hombre. Hay en la obra de Hernández una tendencia a mostrar personajes que quedan presos entre los objetos, como una fuerza ajena y hostil.

Algunas pautas de trabajo que analizaremos con cuentos de Felisberto:


  • El efecto de extrañamiento o des-automatización  mediante la puesta en juego de dos procedimientos: la personificación o prosopopeya (atribuir cualidades humanas a seres animados o inanimados), y la cosificación.
  • La  referencia  al acto de escribir o narrar, cuando la escritura produce el efecto de descontextualización y de distanciamiento.
  • La estructura de los cuentos que incluyen  una historia que en general tienen un orden lineal “normal” cuyo relato presenta secuencias que se alteran mediante la analepsis  o retrospección   y la prolepsis, o predicción.
  • el relato recursivo o metarrelato sobre la memoria, basado en el dialogismo, en el cual los episodios del recuerdo, no mantienen necesariamente  el mismo orden que en la primera parte.
  • Los recursos narrativos de la paradoja, la ironía y la metagoge, cuando invierte la clásica perspectiva realista mediante la des-humanización de los personajes.







J
uan Carlos Onetti (Montevideo, 1 de julio de 1909 - Madrid, 30 de mayo de 1994).
Hizo estudios de bachillerato y estuvo merodeando alrededor de la universidad durante varios años sin llegar nunca a estudiar en ella. Al poco tiempo inició su carrera periodística.
En 1939 es nombrado secretario de redacción del semanario Marcha hasta 1941, cuando comienza a trabajar en la agencia de noticias Reuters. Ese mismo año, conservando el empleo en Reuters, viaja nuevamente a Buenos Aires, donde permanecerá hasta 1955. Trabaja como secretario de redacción de las revistas Vea y Lea e Ímpetu.

Fue encarcelado en 1974, durante la dictadura de Juan María Bordaberry, por haber sido miembro de un jurado de cuentos, y estuvo internado en un psiquiátrico. El poeta español Félix Grande, entonces director de Cuadernos Hispanoamericanos, recogió firmas para lograr la liberación de Onetti.
Al año siguiente viajó a España con su cuarta esposa, invitado por el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, ciudad en la que finalmente fija su residencia hasta su muerte. La situación le permitirá seguir escribiendo tres novelas más (Dejemos hablar al viento, Cuando entonces y Cuando ya no importe) y numerosos artículos. La preocupación por el exilio latinoamericano de entonces está muy presente en los artículos que escribe en España.

Cuando en 1985 la democracia regresa a Uruguay, el presidente electo, Julio María Sanguinetti, lo invita a la ceremonia de instalación del nuevo Gobierno; el escritor agradece la invitación pero decide permanecer en Madrid. "No deseo volver a ese país donde manda el general Medina", decía Onetti refiriéndose al ministro de defensa nombrado por Sanguinetti durante su primer mandato. Esa postura política le valió el casi olvido de las autoridades uruguayas hasta el día de su muerte. El General Medina venía siendo acusado, por distintas organizaciones de Derechos Humanos, como autor intelectual de crímenes de Lesa Humanidad.


Onetti muere el 30 de mayo de 1994, en una clínica de la capital española, ciudad en la que vivió 19 años, de los cuales pasó enclaustrado los últimos cinco años, sin salir prácticamente de su cama.

La escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, considera que Onetti es "uno de los pocos existencialistas en lengua castellana". Mario Vargas Llosa, quien preparó un ensayo sobre Onetti, dijo que "es uno de los grandes escritores modernos", y no sólo de América Latina. "Su mundo es un mundo más bien pesimista, cargado de negatividad, eso hace que no llegue a un público muy vasto"; con anterioridad Vargas Llosa había comentado que Onetti "es un escritor enormemente original, coherente; su mundo es un universo de un pesimismo que supera gracias a la literatura".
Investiga la concepción de Santa María, más tarde Santamaría, así como Lavanda, un equivalente a Montevideo y Enduro -una capital desbordada por sus suburbios-. Sin duda, no habría existido sin el precedente del condado faulkneriano de Yoknapatawpha. Pero algo radical aleja la creación de Onetti de la de Faulkner. Ambas comunidades están sumergidas en la decadencia, pero “En Santa María el pasado casi no existe”. De ahí, tal vez, su insistencia en que nada tenía que ver con la realidad uruguaya. 

En 1980 fue propuesto por el Pen Club Latinoamericano como postulante al Premio Nobel de Literatura. Ese mismo año Onetti recibía el Premio Cervantes, máximo premio de la lengua española, siendo totalmente ignorado por las autoridades uruguayas. En esa oportunidad el ministro de Cultura del gobierno dictatorial de ese momento en Uruguay, el Dr. Daniel Darracq, dijo desconocer la obra de Onetti, aunque sí había oído hablar de él.

El escritor de la angustia

El tema unificador de toda su obra es la corrupción de la sociedad, sus efectos sobre el individuo y las dificultades para encontrar una respuesta adecuada a ella.

En El pozo, el narrador queda efectivamente separado de su ambiente corrupto y predominantemente burocrático por una generalizada incapacidad de comunicación. Tierra de nadie (1942) presenta de nuevo el depresivo y pesimista retrato del paisaje urbano. La vida breve (1950) es su libro más famoso y el primero que el autor sitúa en la imaginaria ciudad de Santa María, donde la respuesta del protagonista a su presente consiste en imaginarse a sí mismo como otra persona. En El astillero (1960) regresa al tema del caos producido en Uruguay por una desmesurada burocracia, y Juntacadáveres (1964) trata de la prostitución y la pérdida de la inocencia. 



Estas dos últimas obras desarrollan el tema único de Onetti: el del hombre que persigue una ilusión a sabiendas de que lo es y que además es absurda. A Onetti se le considera el escritor de la angustia, con claras influencias de Dostoievski, Conrad, Faulkner e incluso Roberto Arlt. Su lenguaje es opaco, denso e indirecto. Con estos antecedentes crea un mundo propio con unos personajes que retoma una y otra vez siempre empeñados en proyectos sin sentido.  

Existen algunos hilos vitales que permiten comprender mejor su obra: sus seis matrimonios, su adicción al tabaco y al alcohol, sus excentricidades y obsesiones y sus habituales hoscos silencios.

“Un sueño realizado”, o la captura de la experiencia.


En este cuento  se pueden diferenciar ciertas marcas de la poética de Onetti, además de   una resolución inesperada, que ponen en cuestión la esencia misma del procedimiento de escritura. La intriga se desenvuelve en espacios y escenarios conocidos: en un ambiente provinciano, bajo una atmósfera de
encierro, en un típico hotel, tres personajes, dos  hombres: Langman (el narrador) y
Blanes (decadente artista), ambos ligados al teatro, y la presencia de “una mujer”.

Todo gira en torno a lograr  una representación teatral de acuerdo a los deseos de “la mujer”, quien pretende revivir un sueño, sólo en una breve escena, en silencio y sin explicación. Los une esa decisión y la ausencia de sentidos de vida que los ubica dentro de la galería de personajes de Onetti, seres fracasados, con marcas de envejecimiento y en decadencia que no encajan con nada ni nadie,
patéticos, pero fieles a culminar cualquier acto hasta intrascendente.

  • Escenario y narrador: la representación como farsa 

 El tratamiento espacial y temporal del relato refuerza una simbiosis entre ambas dimensiones, y los tres personajes se acomodan a espacios cerrados y a tiempos pretéritos, a través de la rememoración como recurso discursivo. Los dos hombres, Langman y Blanes, comparten con la tercera presencia ficcional, “La mujer”,  una historia confusa, donde la mentira y la apariencia son las lógicas de unión de los
personajes. Espacios agobiantes enmarcan  toda la ficción: la biblioteca de un asilo, el hotel de alguna capital de Provincia, la habitación, el comedor del hotel, la pieza, y hasta el teatro. 
Alcanza la descripción que realiza el narrador de sí mismo para recordarnos a muchos de estos personajes, marcados por la desesperanza, el sarcasmo y la desidia, aunque próximos a la recuperación.

El narrador da suficientes guiños y señales para recordar al lector que
todos representan una farsa, que todos están metidos en una ficción, aparentan lo que
no son y aceptan un juego de representación que parecería agruparlos con el único fin
de develar el secreto, es decir, conocer los motivos por los cuales se hace imperiosa la
puesta teatral, desmontar el juego, descubrir la farsa, ya que todo es “broma, mentira,
farsa, estafa, locura, juego de farsantes y representación de un sueño”.  

Es un narrador que pone al descubierto y cuestiona, incluso, el
procedimiento clave de toda ficción: lo verosímil. Lleva a cabo y abre un ejercicio de
exploración de la verosimilitud, de cómo lograr representar lo que parece ser y no es,
cómo hacer posible que el mundo de la semejanza, de la apariencia, haga real lo
inmanente. 
 Los personajes continúan unidos por un sinsentido, los dos hombres sin
entender y sin poder explicar aceptan someterse a las circunstancias, se dejan llevar y
a la espera de esa representación final, Langman y Blanes se retiran para descansar y
dar paso al último tramo del relato.  





  • Capturar el deseo y cómo contar una experiencia.

 El conflicto que el narrador manifiesta a lo largo del relato se puede sintetizar en lo infranqueable que significa la mediación temporal ante el deseo de revivir un instante, una experiencia.

En las dos últimas páginas, se asiste a un cambio de velocidad, a un giro brusco en el relato. El narrador deja de cuestionarse y cuestionar y asume un rol contemplativo, al modo de testigo, observa y describe cada detalle, va guiando al lector hacia otra dimensión del relato, donde los personajes se van a ubicar,
lentamente, en el centro del escenario, preparados para actuar y el lector se dispone para  asistir a una “representación”. 
En estos apartados, el narrador recupera la esencia de la historia de “Un sueño realizado” y asume la imposibilidad de poder abarcarlo con enunciados verbales, ahora es un narrador que inquiere poco, sólo
muestra, deja ver sin explicar.

Y esa es la instancia que el narrador elige como resolución para lograr el efecto ficcional de hacer realizable lo irrealizable. Condensa el relato en sólo una acción, en una escenografía recortando un
espacio, en silencio, con desplazamientos mínimos de objetos y personas acordes a
una imagen, casi perfecta, que la mujer repitió a sus interlocutores sin ningún aditamento de razón.
Finalmente, el narrador aclara la revelación:

Pero fue entonces que, sin que yo me diera cuenta de lo que pasaba por
completo, empecé a saber cosas y qué era aquello en que estábamos metidos,
aunque nunca pude decirlo, tal como se sabe el alma de una persona y no sirven
las palabras para explicarlo.
                          
 Y el lector visualiza aquello que el narrador quedó absorto al poder “ver” y por lo tanto “comprender”, aunque siga sin poder explicarlo. Por eso, en los tramos finales del relato, el narrador insistentemente acude a la aseveración del otro sentido, la vista: 
“Vi que Blanes y la muchacha […], vi como ella salía de la puerta…, vi como se sentaba…, vi
como el brazo de Blanes [...]”. 
 El narrador ahora  es partícipe, está en el centro del escenario y, despojado de
sentencias, vivencia también un estado de embelesamiento. La instancia de
arrobamiento cubre a todos los personajes, al perderse y extasiarse de tal admiración
que se olvidan de sí mismos. Y es “la mujer” quien realiza el trance hacia el estado de
total enajenación y abandono, hacia la muerte. A pesar de este momento culminante,
“la mano de Blanes, […] seguía acariciando la frente y la cabellera desparramada de la
mujer, sin cansarse, sin darse cuenta de que la escena había concluido…” 
 Por último, el narrador se separa de la escena, se aparta y en pocas
palabras finales logra transmitirnos lo inasible, al capturar un momento de felicidad.

Así Langman, perplejo aclara: “Lo comprendí todo claramente como si fuera una de
esas cosas que se aprenden para siempre desde niño  y no sirven después las
palabras para explicar”.

Fuente: Susana Ynés González Sawczuk  (Universidad Nacional de Colombia).