El tiempo y el espacio del taller de lectura plasmado para:



leer de diferentes maneras (por arriba, por abajo, entre líneas, a fondo, participando del texto, recreándolo),



dar cuenta de los procesos culturales en que surgen y son comprendidas o cuestionadas las obras literarias,



pensar (discutiendo, asombrándose, dejándose llevar por lo que los textos nos dicen -pero parece que no dijeran-),



y por sobre todas las cosas, y siempre, disfrutar de la buena literatura.








sábado, 25 de junio de 2011

Identidad cultural y literaria.


Una identidad cultural puede pensarse para una comunidad que comparta una misma lengua, un mismo suelo, y las mismas tradiciones. Como dijo Juan Martini (Congreso de Escritores realizado Octubre de 2004): “Cuando el suelo se acota, y cuando se acotan las tradiciones, y cuando la lengua que se habla en toda una región se parece a sí misma, quizá pueda hablarse de una identidad literaria.”Por eso muchos críticos y escritores comparten la hipótesis de que existan numerosas identidades literarias, tantas como unidades que compartan las mismas condiciones, y que entre ellas exista algo así como una identidad literaria rioplatense... una lengua más o menos común, en un territorio más o menos común, con tradiciones en parte, y quizá sólo en parte, comunes...
Desde la declaración de nuestra Independencia, hace alrededor de 200 años, convivimos desde entonces en un territorio poblado por mapuches, guaraníes, quechuas, kollas, tobas, criollos, diversos mestizajes, y los descendientes de la inmigración que, entre 1850 y 1940 depositó en la Argentina a unos siete millones de almas, italianos y españoles – predominantemente –, pero también france­ses, alemanes, británicos, polacos, rusos y sirios, entre otros, y entre otras nacionalidades incluidas las hispanoamericanas.

Primeras voces de nuestra literatura.


Mucho antes de los llamados textos fundacionales comenzaron a circular  los cielitos , versos recitados en cuartetas llenos de pasión y coraje, pero también embebidos de un paisaje más humano que geográfico, creados para comunicar de viva voz los partes de victoria o de contraste, pero también para contagiar el fervor o la rebeldía, cuando las noticias se pasaban como el mate de mano en mano alrededor de los fogones. Rodolfo Alonso dice (en el mismo congreso antes citado) que, como para los españoles su romancero, éste es nuestro legítimo cantar de gesta.
De entre esas voces se destaca una, la de Bartolomé Hidalgo, sin duda de los primeros poetas rioplatenses, que ya en 1816 compone un imborrable Cielito de la Independencia. Y que se constituye, junto con sus innumerables colegas anónimos, en el antecedente real de la poesía gauchesca que luego desarrollarían hombres que muchas veces no eran gauchos, llegando a culminar más tarde nada menos que en el Martín Fierro.
Hijos de la pasión política y social, como por otra parte lo son casi todas las obras magnas fundadoras de nuestra literatura nacional a estos cielitos impagables les cabe además en su gran mayoría el honor y el orgullo de ser tan dignamente anónimos, de haberse disuelto en el caudal de nuestra naciente cultura, hijos del pueblo al que volvían una y otra vez en la voz de sus cantores, y capaces todavía de animarnos hoy con su tesón vibrante
Cielitos que nos descubren también las ricas fuentes y recursos del lenguaje popular de entonces, capaz de giros con aquel hondo sentimiento patriótico que los anima: “Allá va cielo y más cielo, / tras del cielo otro cielito, / y en despedida del cielo/ hasta la pascua, adiosito”. OCielo, cielito, cantemos/ se acabarán nuestras penas/porque ya hemos arrojado/los grillos y las cadenas.”
Tal vez resida allí la génesis de una identidad, en ese cruce de lo culto y lo vulgar, en esa síntesis que le otorga palabras a los sin voz. Pero Hidalgo no se detiene en lo que podríamos denominar, más técnicamente, semioti­zación de la bravata y del exabrupto cantados, para poetizar asimismo las peripecias de la conversación y del relato. En una segunda etapa, hacia 1820, con el texto de la Relación y con los Diálogos, leemos afirmaciones tan tajantes como ésta, al responder a un Manifiesto del rey Fernando VII: “Cielito, cielo que sí/ guárdense su chocolate,/ aquí somos puros indios/ y sólo tomamos mate”.

Ya en los comienzos de nuestra propia literatura hay una transgresión de los géneros tradicionales que constituye sin embargo toda una auténtica tradición de creatividad y ruptura. Ya veremos cómo es difícil encasillar en un solo género tanto a  El matadero, Facundo, como a Martín Fierro. Y toda esta actitud probablemente inconsciente de rechazo frente a los géneros preestablecidos europeos – que no es tan sólo argentina sino probablemente latinoamericana –, viene a ser teóricamente puesta de manifiesto el 30 de diciembre de 1875, con un gesto clave para la incipiente  vida cultural, por Juan María Gutiérrez (el primero que habla de “idioma nacional” y también del lenguaje “que se transforma, como cosa humana que es”), precisamente al rechazar su designación como miembro de la Real Academia Española para preservar de la hegemonía cultural de España, la rica y particular diversidad de nuestro lenguaje.
Es interesante destacar que Juan Alfonso Carrizo, el responsable de recopilaciones de poesía tradicional que había recogido en sus recorridos por el Noroeste argentino, cuna del  folklore más legítimo, afirma en 1926 su Cancionero de Catamarca que todo el caudal de poesía oralmente conservado por la población antigua es de origen hispánico, y que no existen en nuestro pueblo cantares de origen indígena. Diferencia gravitante con respecto a otros pueblos latinoamericanos.

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